Recorre las esquinas y los lados de su cuarto, espera encontrar aquello que busca pero no recuerda, las paredes tiemblan. Caballos recorren de lado a lado, le rodean, lo azuzan y lo golpean. Risas macabras, a carcajadas. Siniestras sombras que vociferan, gritan y señalan. Recorre las esquinas y los lados de su cuarto, espera encontrar aquello que busca. Recuerda. Caminos distantes, luces lejanas que brindan calor y paz. Adentro es sólo sombras, frío y dolor. No soporta ser. Quiere terminar pero no termina. Recorre las esquinas y los lados de su cuarto buscando una salida.

Despierta.

Húmedo y tendido sobre un camastro viejo con resortes de acero vencidos y oxidados que rechinan con eco en la habitación cuando se mueve. Abre la ventana, la luz tenue de un día de tormenta penetra con olor a lluvia y frío viento. Recuerda cuentos leídos antes de dormir, se lava el rostro y piensa en aquel cuarto sin salida, aquella prisión de su creación. ¿Quiénes son, qué quieren, y por qué me quieren a mi?

Toma el revólver de su cajón, revisa, carga, prepara. Alguien golpea a la puerta. Le han venido a buscar, piensa. Estan acá, cree. Los huele, siente. Son ellos. ¿Quiénes sino?

¿Cómo olvidarlos? Fue en aquellos viajes por destinos perdidos del mundo que, vagando los encontró. Lo llevaron a sus cuevas, a ciudades bajo tierra. Ciudades de misticismo y culto satánico con grandes torres negras y luces de tonos verduscos y mortecinos. En el centro de la ciudad, más allá de un túnel los muertos danzan y cantan en lenguas desconocidas. Son ellos, seres oscuros de piel con arrugas como nudos de árboles, de cuerpos largos y delgados hasta los huesos. Rostros sin ojos ni nariz, con dientes filosos y lenguas largas. Con manos fuertes, y piernas largas, encorvados y malditos que se burlan de otros como él atados en postes y puestos sobre un vacío eterno. Criaturas extrañas chillan cánticos desconocidos por los hombres santos y paganos que ascienden desde el vacío con terrorífica expresión. Ellos bailan con sus tótems y sus voces, golpean tambores y palos en el suelo negro de obsidiana, el infierno en la tierra. La ciudad negra, la ciudad de los muertos, la ciudad de ellos. Recuerda haber sentido la piel seca, como cuero de calzado viejo de uno de ellos. Dura y fría, con sus manos como tenazas apretando su muñeca casi hasta romperle los huesos. El tacto le recordó el rigor mortis que pudo experimentar en otros, al servicio de la policía. Recordó también el revolver escondido en su espalda. Resuelto a librarse de los muertos alcanzó al cinto de un manotazo, tomó su revolver, se torció de forma casi sobre humana y disparó. Silencio absoluto. El estruendo al que estaba acostumbrado se ahogó en el vacío, pero las tenazas lo soltaron.

Corrió y corrío como nunca había corrido en su vida dejando detrás de sí la ciudad negra con sus luces verdes. Al final del túnel de obsidiana vio el sol y enceguecido siguió corriendo. Dejó el frío suelo y sintió los pies hundirse en la arena cálida que con esfuerzo titánico lograba levantar, el pecho dolía. Recordó haber tropezado y caído durante largos minutos por una pendiente hasta que se desmayó. Al despertar, recordó haber estado en un pequeño pueblo costero, normal, ameno y cálido, protegido por una familia que lo encontró tendido y herido sobre el camino. Volvió a su país, a su ciudad, pero nunca perdió el temor, la sensación de ser perseguido y vigilado. Se alejó de su familia, de su trabajo, de todo. Sólo él, su revolver y el cuarto sin salida de sus sueños.

Volvió en si, otro golpe a la puerta, un golpe terrible y con fuerza. Un golpe final y un disparo. En un cuarto sin salida, recorre las esquinas y escucha las risas, los tambores y bailes.

-Inspirado en el cuento «Dagón» de H.P. Lovecraft y el single «Dance of Dead» de Iron Maiden