Cuentos de Argión 3

Cómo ya es sabido, a fines del año 2019 un virus gripal de alto índice de contagio se expandió por el mundo dejando en jaque las grandes potencias económicas mundiales. Conforme esta nueva pandemia avanzaba en el tiempo, la cantidad de muertos, infectados, sumados a una cuarentena obligatoria en la mayoría de las localidades del mundo, obligó a los gobernantes y otros poderes a reconfigurar la economía mundial para sobrevivir la crisis. En marzo de 2021, con esfuerzo conjunto de Argentina, China, Estados Unidos y Francia, se logró dar con una vacuna que había mostrado una alta efectividad en pocos segundos. Esta vacuna no solo prevenía el contagio, sino que además podía curar a los ya contagiados. Este descubrimiento llevó a una nueva guerra económica por las patentes, pagos y abastecimientos a la ciudadanía, generando un caos sin precedentes en la sociedad. Las elites económicas exigían la vacuna para sí mismas, ofreciendo inmensas sumas de dinero, mientras que las clases sociales más pobres, exigían la gratuidad y obligatoriedad de esta para todos los niveles sociales. El conflicto logró su pico en julio, cuando en Estados Unidos, las fuerzas armadas reprimieron violentamente una manifestación pacífica, que termino con un saldo de doscientos civiles muertos en las calles. El caos social se expandió por el mundo como una nueva infección, y esta vez la crisis, se cobró mil millones de vidas en el mundo.

                En enero de 2022, mientras la mayoría de los países vivían en un estado militarizado con las economías cerradas y en caída libre, un nuevo brote del virus más fuerte y letal volvió a expandirse por el mundo. La amenaza de este nuevo brote llevó a la sociedad a su final. Con caídas del poder político, económico, el anarquismo globalizado y absoluto, para diciembre del 2022, la sociedad tal y como la conocimos, se había extinguido.

                Nuestra historia transcurre en el invierno de 2023, en lo que se llegó a conocer como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el final de nuestra protagonista, depende de vos.

Alexia y la Ciudad

                En el viejo barrio porteño de Almagro, Alexia camina por la vieja avenida Díaz Vélez tratando de llegar hacia el Parque Centenario. Le duelen los pies, las botas de montañismo no eran cómodas, pero si seguras para transitar las accidentadas calles de la ciudad. El asfalto destruido, autos, camiones y colectivos estrellados, volcados sobre la avenida le contaban una triste historia. El paisaje es, como hace ya un año, desolador. El cielo gris y la fina lluvia fría del invierno hacían todo más deprimente. Una ciudad fantasma, sin luz, sin ruido, sin personas. Hacía varios días que venía recorriendo las calles de la ciudad, y hasta el momento no se había cruzado con nadie. Ni siquiera animales. La naturaleza ganaba terreno y los edificios antes llenos de vida y gente, no era más que montañas artificiales vacías, llenas de verde. Había vivido la crisis, y había aprendido a sobrevivir la misma. Había visto a la sociedad derrumbarse día tras día. Se había visto a sí misma, luchando con otros como ella para sobrevivir y aprendió. Aprendió a llevar el dolor, aprendió a defenderse, aprendió a no confiar.

Primero, al comienzo de todo en 2020, tuvo que sobrevivir el confinamiento obligatorio, luchando con sus demonios internos, sus miedos, sus ansiedades. Luego, en 2021, volvió a salir a trabajar en aquella importante petrolera en la que desempeñaba labores como oficinista administrativa. La salida del confinamiento no fue como pensaba, tenía que dejar de lado todas las costumbres que le habían sido tan propias, tan suyas. Tenía que saludar a la distancia, no compartir el mate o cualquier otra cosa, no salir y no juntarse con más de tres personas en espacios cerrados. Su vida social había cambiado por completo, pero tenía la confianza que todo se recuperaría y volvería a ser la misma ya con una vacuna circulando, pero la situación no dejaba de empeorar. La empresa para la cual trabajaba cerró sus puertas, presentó la quiebra y ella se había quedado sin trabajo. Nadie contrataba a nadie y otros millones como ella pasaban por la misma situación. La pobreza mundial creció sin límites y el inevitable estallido social era cosa del día a día. La delincuencia inundaba las calles, aquellos que conservaban el trabajo tenían que salir obligados por sus jefes o el estado y muchos no volvían, morían víctimas de la violencia y la delincuencia. Manifestaciones, saqueos, incluso ella se vio obligada por el hambre a saquear un minimercado local cerca de su casa en el barrio de Flores. El gobierno electo termino siendo depuesto por el ejército y con las fuerzas en las calles, la crisis social explotó. No era sólo la capital, las provincias también. Perseguidos por el ejército, muchos emigraban a otras provincias, y el efecto social se iba con ellos generando nuevos focos de crisis. Alexia recordaba haber intentado salir de la capital también, pero los caminos ya se habían cerrados. Había perdido su hogar y ahora deambulaba como un indigente más por las calles hasta que, surgió el nuevo brote de virus. Se había salvado por casualidad. El hambre y la situación de vulnerabilidad en la que vivía, la llevaron a quedar internada en un hospital de campaña que se había instalado en el Parque Centenario. Allí, se enteró del nuevo brote y desde una cama vio el rápido y tortuoso colapso de la sociedad. Durante meses ahí tirada, apenas recibiendo suero y comida liviana, pudo ver como día a día la cosa empeoraba, lo veía en la cara de los médicos, enfermeros y soldados que entraban o salían de la tienda. Lo veía en los infectados que entraban, pálidos, delgados y sin fuerza, la mayoría moría a las pocas horas de ingresar. Una noche de primavera, recuerda, escuchó estruendos fuera de la tienda. Disparos, explosiones y una violenta confusión entre pacientes, refugiados, médicos y el ejército. Alexia aprovechó la situación, movida por una sensación de inseguridad y con nada más que la bata puesta, se escapó. Ayudada por la noche se escabulló esquivando el fuego, la sangre y los muertos. Los hambrientos y necesitados desbordaron los bordes militares en el hospital de campaña. Intentaron frenarlos a los golpes, pero alguien había disparado y todo escaló a una caótica escena de violencia armada. Alexia seguía intentando esquivar todo sin ser vista, algunos caían frente a ella acuchillados, desangrando, otros perforados en múltiples lados por las armas. Los cuerpos caían al lago artificial sin cesar, los asaltantes que querían huir eran acribillados a lo lejos. Algunos habían conseguido arrebatarle las armas a los soldados y disparaban a quemarropa. Antes de abandonar el parque, se encontró con una tienda que usaban los soldados para descansar, muy cerca, un soldado forcejeaba y daba puñetazos a un hombre alto y obeso. Pasó desapercibida rodeándolos y se metió en la carpa. Dentro había una enorme mochila y además un bolso, ambos repletos con provisiones y herramientas. Al parecer, el soldado había decidido desertar y el asaltante lo tomó por sorpresa. Sin pensar mucho, tomó la ropa, las provisiones y se fue cortando un costado de la carpa con un cuchillo que había encontrado en la mochila. Ya fuera del parque, mientras corría por las oscuras calles de la ciudad, recordó que el transporte público había sido abandonado hace varios meses, y generalmente en las estaciones de subte vivían indigentes, pero se había enterado por una enfermera que, dado el brote del virus, ya nadie los usaba por la mala circulación de aire o muchos murieron allí abajo, por hambre o fusilados por el ejército. No le gustaba la idea, pero no tenía otra forma de huir. Recordó la estación Ángel Gallardo de la línea B y se dirigió a toda prisa. Antes de ingresar, en la entrada de la escalara, una mano la tomó con fuerza por la mochila arrancando una de las correas y lastimándole el hombro. El bolso cayó al suelo y ella sobre sus rodillas, al borde del primer escalón. Era el dueño de las provisiones, le recordaba el rostro moreno y delgado, de ojos color miel hundidos en su hueco y un bigote desprolijo, todo golpeado y arañado, había logrado escapar de su atacante y la había perseguido. Ella, aun débil, había intentado escapar con movimientos desesperados. Forcejearon un poco hasta que el desertor se impuso sobre ella. El soldado intentó aprovechar la situación, y mientras se relamía y le decía cosas que había decidido olvidar, le quitó la camisa que había robado, dejándole el pecho desnudo. Recordaba sentir las manos como pinzas apretando uno de sus pechos y el cuello con desmedida violencia. A pesar de haber gritado, nadie la había escuchado. Se estaba quedando sin aire, cuando el soldado le bajó los pantalones y se preparaba para abusar de ella. En ese segundo, recordó el cuchillo, logró mover su cuerpo y se lo clavó en la espalda. El soldado se retorció de dolor, ella aprovechó y haciéndole perder el balance con un empujón, el desertor rodó por las escaleras rompiéndose el cuello al golpear contra una reja de acero cerrada al pie de la escalera. Asustada y en shock, escupió y pateó el cuerpo inmóvil de su agresor. Cruzó la reja, la cerró con una cadena que había en la mocilla y desapareció entre las sombras que reinaban en la estación. Durante meses, con las provisiones y poniendo en práctica lo que había aprendido en la calle para sobrevivir, hizo de la estación su hogar. Era otoño y el viento frío empezaba a colarse, las provisiones escaseaban y decidió salir de su encierro. Nadie la había ido a buscar, nadie se había intentado meter allí en la estación, por lo que, no le extrañó la situación en la que había encontrado la ciudad. El hospital de campaña en el Parque había sido totalmente saqueado, no quedaba nada más que algunas camas vacías, cadáveres pudriéndose al intemperie o prendido fuego. Los edificios alrededor del Parque, totalmente destruidos o abandonados.  Nadie en la ciudad. Ni una sola alma. Le daba miedo permanecer por las noches fuera, por lo que generalmente salía por la mañana temprano y volvía cerca del mediodía, para poder trabajar en los arreglos necesarios. Los primeros días estuvo sin luz, y aunque había agua, siempre fría. Leyendo y tratando de recordar de otros trabajos, logró hacer funcionar el grupo electrógeno y precarizar un baño con calefón. No era mucho, pero podía mantenerse caliente para el invierno que se acercaba. La mayoría de los días los pasaba buscando alimento o elementos para mejorar la estación que había convertido en hogar, pero la mayoría de los lugares de la ciudad había sido saqueada. Algunos edificios y departamentos que pudo invadir tenían alguno que otro enlatado, o botellas de agua con los que se iba aprovisionando de a poco. La gente había abandonado sus hogares y los que no, yacían muertos en el suelo o en las camas. Día a día, con muebles o cosas de la calle y del hospital de campaña fue construyéndose una mejor vivienda, más segura. En menos de un mes, se había armado su propio pequeño búnker. Pero no le pareció suficiente y el infierno se acercaba a temperaturas muy bajas. Aunque no estaba convencida del todo, para fines de mayo, había decidido salir a recorrer un poco más la ciudad, sin importar el horario. Se iría por varios días y descansaría intemperie. Tenía carpa, y elementos para sobrevivir. Incluso se había hecho de algunas armas que los soldados dejaron atrás.

Había estado cuatro días fuera de su búnker, aprovisionada y segura, descansando dentro de edificios abandonados, tapiando puertas y ventanas por las dudas. Llevaba ropa de montanista, un pantalón cargo impermeable color azul, unas botas de cuero color natural, una campera térmica y por encima un piloto gris oscuro. Las manos bien cubiertas con unos guantes negros y se cubría la cabeza con la capucha de la campera, un pasamontañas y lentes para la nieve. A su espalda cargaba con una mochila con pocas provisiones y agua, una pequeña carpa auto armable, una colchoneta, una bolsa de dormir y abrigo para la noche fría. Llevaba un cinturón táctico con múltiples compartimientos del cual colgaban; a la izquierda un hacha y a la derecha un machete. Algunos destornilladores, un martillo y una soga. En una muslera sobre su pierna derecha, llevaba una pistola nueve milímetros. La mayoría de las cosas las había encontrado en el departamento de algún fanático de la caza y el camping, excepto por el arma. Y aunque hacía frío, las medidas de protección eran más que nada para protegerse del virus. Había deambulado por toda la ciudad, el paisaje desolador y apocalíptico eran moneda corriente. No importaba el barrio. Provisiones gastadas sin sentido, pensó. Pero por alguna razón había decidido volver al Parque Centenario, algo le atraía. Ya dentro del parque, aquellos días felices de gente y niños jugando, con los stands de feria lleno de artesanos, música y el olor a sahumerios, palo santo y cuanta cosa hippie se ocurriera habían quedado atrás, dando lugar a sangre seca, ruina y abandono. La lluvia y el viento cobraban fuerza y el cielo se oscurecía.  Revisaba los restos de los puestos militares y médicos en vano, sabía que no iba a encontrar nada allí que le sirviera. Quizás, si se animara a ir hacia el lago artificial, encontraría algo, pero le aterraba aquel lugar. Cada vez que se acercaba demasiado, creía que podía escuchar los gritos de sufrimiento y desesperación de los muertos. Lo había visto una vez, y era suficiente. Un lago negro, inundado por centenares de cuerpos de niños y adultos por igual, flotando sin rumbo y sin salida. El Hospital Curie, el museo de Ciencias naturales, entre otros edificios alrededor del parque habían cedido ante la violencia, destruidos e incendiados, sólo quedaban los restos de sus columnas, como muchos de los edificios estatales que había visto y otros edificios importantes, incluso monumentos. La peor parte se la habían llevado las villas y barrios humildes que literalmente, habían sido bombardeados por el propio estado militar. Recordaba haber escuchado el momento en una vieja radio; “El ejército está bombardeando los focos de contagio, es una locura”. Lo único que la tranquilizaba entre tanta miseria y destrucción, era el hecho de que parecía no haber quedado nadie. Ni estado, ni gobierno, ni gente. Todos habían muerto, o todos se habían ido lejos. Tranquila, pero igualmente desolada. La mayoría de los autos estaban averiados o sin combustible. No tenía vehículo ni fuerzas para seguir, le dolían los pies, pero también el cuerpo y el corazón. Su única opción era volver a su pequeña casa bunker en la estación Gallardo y vivir ahí encerrada hasta que las provisiones se acabasen y muriera de hambre. O quizás se suicidaría. No lo tenía decidido aún, pero si sabía que había vuelto a la Avenida, retrocediendo sus pasos sin darse cuenta. El lago la espantaba e inconscientemente huía de el. Para volver, ahora tenía dos caminos: rodear el parque y caminar por la avenida Ángel Gallardo, o cortar camino por el medio del parque. Eran las más rápidas, y el cielo comenzaba a oscurecer, se venía una tormenta. Hasta ese entonces, ya casi había descartado cruzar por el parque para evitar el lago pero, escuchó un ruido, como pies chapoteando en el agua. Entrecerró los ojos y pudo ver una sombra que corría hacia dentro del parque, en dirección al lago. Sintió la sangre helarse, un escalofrío que le recorrían por la espina dorsal, y el sudor frío recorriéndole la nuca hacia la espalda. ¿Otro sobreviviente? Debía tomar una decisión.

Elegí el camino que va a tomar Alexia:

-Entra al parque a investigar (B)

-Ignora la sombra y rodea el parque (C)