Murdoxe

“Diario de Gabriel de Los Santos

Jueves 18 de agosto de 2014, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina.

Ayer me crucé inesperadamente con algo que deseaba haber olvidado. Vi a una mujer que deseaba no haber vuelto a ver. Pero el mundo funciona de formas muy extrañas.

No hace más de dos semanas que volví de mi viaje por España en el que me pasaron cosas muy oscuras que decidí olvidar, pero se ve que mi destino era otro. Haciendo un resumen breve, volviendo sobre aquellas páginas escritas en este diario que creí conveniente escribir durante mis viajes, estuve durante algunos días conviviendo con unos gitanos en Pontevedra. Antes que me tilden de loco, lo que escribo acá es nada más que la verdad. Pero no necesito volver a esa historia, sino a su origen. Quiero tratar de dejar en estas hojas, lo que pasó ayer y lo que me contaron antes de que se me olvide.

Estaba tomando mi café tranquilo con unas medialunas en mi lugar favorito, cuando vi una mujer que se parecía mucho a la que me había cruzado en el campamento gitano. Su figura, su forma de caminar y sus ropas eran demasiado iguales para no ser la misma, por lo que la seguí al trote entre la muchedumbre. Recorrí el centro porteño detrás de ella hasta llegar a una casa de antigüedades donde la vi entrar. A pesar de que no debía, llevaba el revolver listo bajo mi piloto gris. Pleno agosto, hace frío en la ciudad y la lluvia molestaba. Entré con cuidado, no había nadie a la vista. Me acerqué al mostrador pasando varias estanterías repletas de antigüedades hasta que allí me atendió un hombre. Detrás del mármol negro, Ricardo Bavol aparecía a ofrecerme su atención, identificándose como el dueño del lugar. ¿El apellido? Si es el mismo que el de aquella familia del campamento gitano, pero lo más importante era la similitud de porte de Ricardo con el patriarca Bavol. Aunque con algunas diferencias en la forma general de su rostro, pensé que me encontraba mirando los mismos y penetrantes ojos azules del Patriarca. Imaginarán mi susto y mi sorpresa, tomé la pistola y le apunté a la cabeza con firmeza, pero algo en mi pecho me decía que no dispare. Escribo estas palabras, como si alguien fuera a leerlas, pero quizás sirvan a alguien en algún futuro lejano. En fin, me encontré a mi mismo frente a un hombre que sólo me traía malos recuerdos, sentía mi cuerpo nervioso, los músculos duros y empezaba a transpirar. Ricardo del otro lado levantó las manos, vi el miedo en sus ojos, me pedía que me calmara, que bajara el arma, que no hacía falta la violencia. Pensó que le estaba robando a lo que le pregunté, seguramente con la voz entrecortada de los nervios, si tenía algo que ver con los Bavol de Pontevedra. Pude ver que se sorprendía por la pregunta, pero también alzaba sus espesas cejas confundido. Hasta que dijo mi nombre. “¿Gabriel?” le escuché pronunciar dubitativo, mi corazón se paralizó por un segundo, pero sin bajar el arma, volví a preguntar, “¿cómo sabés mi nombre?”, Ricardo intentó convencerme de bajar el arma, pero yo no reaccionaba como siempre, costó, pero cedí. Otra vez mis entrañas me decían que hacer. “Imposible” me dijo Ricardo. “Entonces es verdad” siguió balbuceando, me invitó a pasar del otro lado del mostrador, sin soltar el arma y con mucho cuidado lo seguí. Pasamos un pequeño pasillo y nos metimos en una pequeña cocina que tenía detrás. Me ofreció mate que tuve que rechazar, todavía tenía las medialunas y el café atragantados. Le temblaban las manos, se quemó un poco cuando quiso llenar el termo de aluminio con agua caliente de un dispenser con bidón y lo escuché putear. Hasta ese momento yo seguía sosteniendo firme el revólver en mi mano. Me invitó a sentarme a la pequeña mesa circular que tenía ahí y accedí, pero no dejé de apoyar el revolver en la mesa, como signo de autoridad. Funcionaba. Sorbió unos tragos de mate en uno de esos viejos mates grandes recubiertos de un aluminio con un grabado que decía “Mar del Plata 2010”. Nos quedamos en silencio varios segundos, el mirando la espuma del mate y yo mirando sus ojos perdidos. Finalmente empezó a hablar, y espero poder recordar cada palabra tal y como lo dijo él.

“Si, tengo que ver con los Bavol de Pontevedra. Mi viejo, que en paz descanse, se llamaba Carlos Bavol, vino de España en el cuarenta y cinco, huyendo de la guerra y de la Guardia Civil, tenía unos catorce años o por ahí. Vino en barco con otros gitanos y gallegos, consiguió trabajo se casó con una criolla, y me tuvo a mí. Ya de grande, el viejo decidió pasarme su historia y el propósito de nuestro familia. Me contó que, en algún momento de la historia, muchísimos años atrás lo Bavol no eran gitanos como en la cuna que nació el, sino que el primero de todos había sido un monje de un monasterio en la antigua Castilla. Allí, un noble caballero le encomendó algo y este huyó y se convirtió en un viajero. Conforme al tiempo, su descendencia continuó ese propósito, floreció con la cultura gitana y llegó hasta los Bavol. Mi abuelo, es decir su padre, fue el último en continuar esa tarea que finalmente fracasó con la intervención de la Guardia Civil. La presencia de las fuerzas de seguridad y la represión o persecución aumentaban en un tiempo de crisis y finalmente la Guardia Civil los cazó. Él pudo escapar, y durante algunas semanas vivió escondido protegido por una familia que tenía campo allí. Las noticias que le llegaron del campamento semanas después lo persiguieron toda la vida. Aparentemente toda la familia fue asesinada brutalmente en el lugar excepto por su hermana, quien fue violada, abusada y golpeada durante todos los días que los hombres de la guardia decidieron ocupar el lugar. No se fueron por aburrimiento o nuevas órdenes, sino que, según contaban, su hermana se suicidó profiriendo una maldición, que todos los hombres murieron en el lugar, y sólo uno había logrado escapar. Mi padre intentó averiguar sobre aquel soldado, pero finalmente llegó a su oído que el superviviente se colgó de un árbol. La familia que lo cuidó le había prohibido volver al lugar, y siendo muy chico no pudo escaparse, finalmente llegó la guerra civil y huyó al nuevo continente. Años después, una noche calurosa de primavera cuando nació mi hija, mi padre sufrió un ACV y terminó hospitalizado. Al despertar allí, me contó la parte más extraña de aquella historia, y que yo creí en aquel momento, una locura. Volvió a contarme la historia de su familia, momentos más felices y me contó de un viajero. El todavía era chico, pude deducir que había sido un año antes de la tragedia por la edad que decía que tenía, pero nada de lo que me contaba tenía sentido. Su familia y el extraño vestían ropas más modernas y usaban elementos más modernos, algunos incluso no existían y parecían fantasía. ¡Mi padre me contó de los celulares antes de que existieran! Y yo no podía creerle claro que no. Me contó del viajero, historias nuevas, y un amor implícito entre este y su hermana. Finalmente, de una cartera que había tenido siempre encima me mostró esta foto.”

Ricardo me extendió una vieja foto, toda la familia estaba ahí, pero llevaban ropa que no era de la época, e imposible que fuera una foto de los años 30. Llevaban la misma ropa y era la misma familia que yo había conocido en Pontevedra, incluso yo estaba en esa foto. Ricardo me hizo señas para que de vuelta la foto y ahí, escritos con una tinta casi desgastada, todos los nombres escritos de los retratados escritos con la letra de cada uno. Incluido el mía debajo de el de Fifika. Solté el arma en aquel momento y me quedé perplejo, como un idiota diría, mirando aquella foto. La recordaba, la habían sacado con una vieja Polaroid de Fifika y luego cada uno la firmo, ella se la entregó a Cappi, el menor. Por lo que tuve que preguntar, cuál era el nombre verdadero de su padre Carlos. “Cappi, pero la familia que lo había adoptado lo anotó como Carlos”. Cada vez las cosas eran más confusas para mí, por lo que esta vez, guardando el arma en mi cintura, insistí en que siguiera la historia.

“Mi padre se sobrepuso al ACV, pero desvariaba en sus historias. Pensamos que le había afectado el cerebro, pero a la vez sus recuerdos eran más claros y precisos. Me dijo que lo que su familia custodiaba celosamente era un libro, de tapa de cuero, antiguo y con unas marcas extrañas. Según decía, su tío abuelo Atilio utilizaba el mismo para contarle historias de terror imposibles. Sobre la Ciudad de los Muertos escondida en el desierto, sobre las Madrecrías que abusan de los hombres para engendrar demonios, sobre insectos gigantes y asesinos, sobre enfermedades imposibles y sobre aquellos que lo observan todo desde las sombras. Conforme pasaba el tiempo, las historias cobraban más detalle, más sentido, pero modernizaban alguno aspectos. Creía en aquel momento que la televisión le estaba afectando más que nunca. Pero fue hace unas semanas, en el lecho de muerte que me habló de vos. Me dijo que traerías el libro de vuelta a esta casa, que vendrías con el revolver Colt de mi tío Vadoma y que cuidara a mi hija, que se parecía mucho a Fifika. Supuse que estaría desvariando, nos reímos juntos y finalmente falleció. Días después, aparece un hombre armado con un revolver Colt a preguntar por mi familia. Tenías que ser el mismo Gabriel.”

Durante varias horas, casi hasta entrada la noche Ricardo y yo intercambiamos historias, le conté mi experiencia en el Campamento, como conocí a todos y lo que finalmente sucedió. Ambos nos quedamos confundidos, pero era hora de cerrar el local y ambos estábamos agotados. A pesar de compartir experiencias, nunca le confirme que en mi escritorio reposa aquel libro que su familia supuestamente debía custodiar, simplemente nos retiramos, comprometidos a sopesar ambas historias y buscarles sentido, consultando con la almohada. Me quedé con la foto de su familia y emprendí mi marcha a la seguridad de mi hogar, todavía llovía por lo que había pedido un radio taxi desde mi celular. En la vereda de enfrente, pude ver un extraño y fornido hombre de traje observándome desde la oscuridad, una de las luminarias de la calle alumbraba apenas sus zapatos bien lustrados. El conductor del taxi me preguntó si podía poner música, a lo que contesté afirmativo. Durante el viaje, al ritmo de la peor música de boleros, me quedé pensando en Cappi, el niño que había conocido en 2014, resultó ser un anciano nacido en los años treinta fallecido el mismo día que volví a Buenos Aires.

Llegué a casa y al a mirar hacia todos lados antes de entrar, otro hombre de traje me observaba desde la oscuridad de una esquina. Este era más bien alto y delgado. Entré al edificio y subí por el ascensor con el revolver en la mano. Sin embargo, nada pasó. Entré a mi departamento y aunque sin balcón, la ventana de mi cuarto daba a la calle. Pude ver al hombre de traje, parado inmóvil en la misma esquina, hasta que, un relámpago me encegueció por breves instantes. Al volver la vista, ya se había ido. Me desvestí y acosté en la cama listo para dormir y en cuanto mis ojos se cerraron tuve las más variadas pesadillas. El fin del mundo. Me vi morir atacado por criaturas de pesadilla peores que la Madrecría, pero siempre había un factor que se repetía en cada sueño. Un calendario en mi mano con la fecha ‘1° de mayo de 2016’ y una mujer, una mujer alta y de cabellos ceniza que gritaba desesperada mi nombre. Durante toda la noche no pude conciliar sueño, si no era por los hombres de traje que me habían observado, era aquella mujer o soñar con mi muerte. Puede que la locura me esté poseyendo finalmente. Puede que todo lo que haya vivido esté haciendo mella en mí. Pero ya amanece, y prometí encontrarme con Ricardo a primera hora de la mañana. Tuve que tomarme un café en mi enorme tazón de medio litro, negro y con un poco de azúcar para levantar un poco los ánimos, la ducha caliente me había despabilado, pero me siento cansado todavía. Ya con mi campera de gabardina roja “de la suerte” puesta, digo de la suerte porque es la que tenía el día que me cagaron a palos y casi muero. En fin, ya guardé el libro en el morral. Aunque no le conté de su existencia, debo mostrárselo. Está en blanco, capaz Ricardo sepa leerlo, o qué carajos se yo. Si llego temprano, seguiré contando esta historia acá.

Firma: Gabriel de Los Santos.”

-Falta un mes para el primero de mayo. Tenemos que encontrar a Gabriel antes-

-Sí-

-Argión dijo que, si no lo encontramos antes de esa fecha, no hay retorno. Y el diario termina acá. Y no se entiende una mierda-

-Parece que no, pero se nota que su realidad estaba colapsando hace dos años ya.

– ¿Y ahora cómo seguimos? Ya la pasé muy mal yendo a buscar este diario de mierda y ni una pista de donde está. Encima incompleto, ¿Ricardo no te dijo dónde está lo que falta? –

-No, pero ya se dónde puede estar-

– ¿Y por qué no dijiste nada antes Alexia? –

-Porque nos observan.