Cory y Lucia

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; más las tinieblas no la comprendieron.”

Juan 1:1-5

Recuerdos

                El primer mes fue demasiado complejo, supo entender Lucía. Llevaban apenas tres meses de relación, pero le parecía bastante agotador como vivían. Aún así, sabía que la amaba. Al menos, de eso se había convencido a sí misma. Durante su viaje en ese micro de larga distancia donde los asientos no son los suficientemente cómodos para el largo viaje que emprendían, mientras su pareja dormía a su lado, se puso a rememorar las circunstancias que las llevaron a donde se encontraban hoy.

                Había sido un fin de febrero bastante caluroso pero soportable, se encontraba trabajando en aquel odioso bar “Beer & Burger” que había abierto hace poco sobre la famosa Av. Arístides Villanueva, donde se encontraba el curioso centro nocturno de la ciudad de Mendoza. Hacía tres meses que trabajaba en aquel bar, y nunca pensó que su vida cambiaría tanto un ordinario jueves de verano. Por la puerta doble del bar, mientras ella acomodaba las sillas y mesas junto a su compañero, entró por la puerta una mujer delgada y alta, de despeinados cabellos cenizas y ojos verdes. De apariencia un poco descuidada, con ropa vieja y degastada. Entre sus manos tenía un folio transparente con dos hojas blancas. Fue su compañero Julián quien se acercó a hablarle. Era el hijo del dueño, por lo que además funcionaba como un jefe de salón, aunque no tuviera ni puta idea de lo que hacía. Ella sabía que era simplemente un idiota, baboso bueno para nada que quería galantear a la desconocida. No les prestó mucha más atención en ese entonces. Aunque se sintió atraída, se había convencido de que era “mucha mina” para ella, y “seguramente hetero”. Mientras ella seguía con sus cosas, Julián se acercó para contarle que le había dejado un currículum, y como le gustó, le dijo que hablaría con el padre para que la llame porque necesitaban una mujer “más normal” en aquel lugar. Julián era un imbécil, tenía casi treinta años, jugaba al fútbol en un equipo de bajísima categoría, pero se creía estrella. De cuerpo atlético, tez morena y cabello corto mal teñido de rubio. Fascista, homofóbico y bastante misógino, recordó ella. “Un pelotudo desde donde lo mires”, recordó alegremente que le había dicho Alberto, dueño del bar, la noche que cerraron la caja con un faltante de dos mil pesos. Alegres momentos de un tiempo pasado, “Parezco mi abuela, vieja chota que vive en el pasado”, pensó. Pero Julián, había cumplido su palabra, el sábado siguiente, rondando las cuatro de la tarde se presentó de nuevo aquella mujer, pero a trabajar. Llegó con el uniforme puesto y ya no le pareció gran cosa, quizás porque odiaba el uniforme, que se componía por una remera ajustada con el logo de “Beer & Burger – Mendoza” con un escote innecesario y unos ajustados pantalones de charol. Su cuerpo, a diferencia de el de su nueva compañera, era más curvilíneo, además de ser más petisa, por lo que le resaltaba demasiado las tetas y el culo. Alberto, Julián y muchos clientes estaban contentos con eso y ella lo odiaba muchísimo, pero necesitaba el trabajo y las escasas monedas le servían para cubrir sus gastos. Una forma que pensó la ayudaría a evitar las miradas y el acoso, fue raparse la cabeza. Recordó haber llorado mucho aquella noche, tenía un hermoso cabello ondulado azabache que había dejado crecer hasta la cintura, se teñía algunas mechas de colores fantasía y le encantaba jugar de esa forma, pero no aguantaba el acoso, y decidió raparse. Al principio el cambio se notó, pero a medida que la gente se acostumbraba a su rostro, los acosos siguieron. La tranquilizaba su nueva compañera, la sacaría del foco y le permitiría trabajar algo más tranquila hasta que pudiera cambiar de trabajo, pero le preocupaba además que sufriera el mismo acoso que ella, o que ahora debía compartir la propina entre tres. Sentimientos encontrados. Una estupidez del momento.

                Durante la primera semana trabajaron cruzando no más que algunas palabras, solo pudo sacarle su nombre, “Alejandra”. De pocas palabras, seria y siempre con una vista triste detrás de unos hermosos ojos verdes delineados de negro. No se convencía de que una persona que viviera en Mendoza mantuviera una piel tan blanca, pero el acento porteño la delataba. Le costaba conectar con ella y cada vez le interesaba más. La tristeza que le llegaba desde la mirada le hacían sentir cierta intriga, hasta que se percató que pensaba mucho sobre ella durante el día, antes de entrar a trabajar. Cierto viernes por la noche, una situación las acercó como mujeres. Uno de los clientes del bar la había manoseado y Lucía vio el espectáculo más fascinante en cierto tiempo, con un movimiento rápido Alejandra le torció la mano y le partió la nariz con una bandeja. Claramente, el hecho terminó con la policía en el lugar, una discusión fuerte con Alberto, el imbécil de Julián y Alejandra. La cosa se estaba poniendo calurosa, Alejandra había dejado a la vista un temperamento fuerte y bastante hostil. Tuvo que intervenir. Alberto se enojó más, pero cuando llegó un oficial de horrible bigote, inesperadamente el dueño increpó al mismo en defensa de ambas. Le dijo que se habían defendido y que ese hombre tendría prohibida la entrada al bar por intentar abusar de una de sus chicas. El oficial igual no hizo caso, y junto a dos oficiales mujeres, se la llevaron. Al día siguiente, Alejandra volvió como siempre, y aprovechó ese momento para hablarle. Se acercó a hablarle sobre la situación, le preguntó que había sucedido con los oficiales, pero simplemente recibió una respuesta de descarte; “Está todo bien, como siempre” le dijo aquella mujer, sin embargo, en sus ojos se seguía mostrando aquella tristeza, aquel vacío. Se había convencido y no iba a dejar que eso la frenara, no. Nadie en la puta vida le había sacado una idea de la cabeza, era testaruda, loca y bastante imbécil, pero lo que había ocurrido, siempre suele terminar en problemas mayores, los hombres son violentos, rencorosos e imbéciles. Necesitaba asegurarse que Alejandra estaba bien. No por que le gustara ni fuera su compañera, sino porque era mujer y las mujeres tienen que estar juntas. Además, sus movimientos de karate le habían maravillado y tenía ganas de preguntarle sobre eso también. Además, poco a poco y día a día, el trabajar juntas y convivir con aquella horrenda cotidianeidad de ser mujer en un mundo dominado por violentos, las había acercado.

Ese mismo día, el bar se quedó sin luz por un “casi incendio” y se libraron de trabajar aquella noche, sus amigas Anabela y Karina la habían invitado a una fiesta en la casa de una de ellas y, aprovechando la situación invitó a Alejandra, quien después de muchas idas y venidas terminó aceptando. Ese mismo día casi a la media noche, pasó a buscarla con su auto, un Fiat Uno prácticamente nuevo que había logrado comprar con la indemnización de un trabajo anterior. Le costó un poco ir a buscarla, ya que ella vivía en el centro y tuvo que ir a buscarla a un barrio no muy seguro de las afueras, pero, era por eso mismo que se había ofrecido pasar por ella, para que no tuviera que viajar sola. Recordó que el viaje fue algo incómodo, ella estaba muy nerviosa y trataba de no distraerse mientras manejaba. Al llegar al enorme caserón antiguo, se relajaron un poco, había mucha gente, ella conocía a varios y el intercambio con otros sumado por el alcohol de la cerveza logró aflojar las tensiones, más que nada en ella ya que, Alejandra, aunque reía un poco y compartía algunas palabras, seguía siempre algo aislada. Algunos hombres intentaron acercarse, pero sin mucha suerte. Era un círculo seguro así que no le preocupaba, conocía a aquellos muchachos, bueno a casi todos del lugar. Con algunos había tenido noches de pasión, con otros algo más rutinario, sólo porque si, pero ella sin duda quería una mujer, una mujer como su compañera. Sin pensarlo aquella noche, ambas, con alcohol como nexo, terminaron pasando la noche juntas. Había sucedido que, Alejandra no bebía alcohol hace mucho tiempo y los efectos fueron tremendos. Ambas terminaron quedándose a dormidas en el cuarto de Karina que tenía colchones de más. Ella no estaba tan alcoholizada, pero se quedó junto a su compañera para cuidarla, aunque varios hicieran chistes al respecto. Sin embargo, la noche viró en un inesperado aspecto. Escuchó a su misteriosa compañera hablar dormida de cosas extrañas y sin sentido, algo que no lograba entender en aquel momento, sobre un hombre de traje y una estación de subterráneo en la ciudad de Buenos Aires. Su primera reacción fue creer que estaría reviviendo algún abuso del pasado. Quizás lo que la había llevado a estar así y lejos de su ciudad, por lo que se quedó a su lado, atenta. Al día siguiente, ambas lidiando con la resaca en una casa ajena, intentó, con un inocente sentido de querer ayudar a una hermana, hablar del tema. Por un momento, mientras se burlaba de su baja tolerancia al alcohol, la conversación se había vuelto cálida y tierna. Sentía un impulso por besarla. Pero continuó hablando y le contó entre risas como balbuceaba incoherencias dormida. Ambas rieron, pero entonces, con intención, mencionó al hombre de traje, aunque sin dejar de reírse, para ver su reacción. En aquel entonces creyó que sus sospechas habían sido confirmadas. El rostro de Alejandra se volvió más pálido, casi transparente, los ojos brillaron tristes bajo una película de lágrimas. Sintió ira y tristeza mezcladas en el pecho u sólo alcanzó a abrazarla.

ß╬à

-La situación se agrava a cada segundo. –

– ¿No podés esperar unos días más? –

-No-

-Está bien, me encargo yo-

-Espero que dejes de fracasar con cada tarea que se te asigna-

-No pedí estas tareas-

-Y yo no te pedí que vinieras a mí-

-Ya está, ya entendí. No dije nada-

-Por el espejo aquel-

– ¿Si hay espejos para que lo querés? –

-No lo entendiste la primera vez, no lo vas a entender ahora. No pierdas tiempo-

-Está bien, nos vemos en la próxima-

-No, es la última vez que nos vamos a ver-

-Mejor, chau-

ß╬à

                Mientras su compañera seguía durmiendo a su lado, intentó seguir recordando lo que las había llevado a salir de Mendoza, tratando de darle sentido al viaje. No dudaba de su amor, dudaba de lo que estaba pasando. Después de aquella tarde de resaca, la relación empezaba a mejorar de forma increíble. Le escribía desde su celular todos los días, y a veces se ponía algo celosa cuando le contaba un poco sobre una cierta mujer llamada Claudia. Claudia esto, Claudia lo otro, le parecía irritante y se lo hacía notar, aunque finalmente se sentía horrible por tratarla así cada vez que Alejandra le contestaba con una tímida y respetuosa disculpa, y eso, la enervaba todavía más. Supuraba una ira horrible en los mensajes de audio, no sabía medir sus sentimientos, hasta que una semana después de aquella tarde, le confesó lo que sentía. Lo que nunca esperó es recibir un “Yo me siento igual” del otro lado, con esa tenue y triste voz que siempre tenía su compañera. Ese mismo día de discusión, terminaron juntas en su departamento con una tarde de sexo apasionado y febril. Todavía sentía calor entre sus piernas el solo recordar aquella primera vez juntas, habían tenido una discusión sentadas en la cama, ella fumaba de su cigarrillo mientras la luz del atardecer que entraba por la ventana teñía de naranja la habitación. Alejandra miraba a la nada, disculpándose y explicando que, si bien habían sido grandes amigas con Claudia, eso había terminado hace un tiempo, pero que todavía tenía una deuda de vida. Ella, pensando aún que Alejandra habría sido abusada, se acercó, dejó el cigarrillo adentro de una lata de cerveza abierta hace ya sabe cuanto tiempo, pasó sus brazos por encima de sus hombros abrazándola a la altura de la nuca. Sintió que el corazón se le salía del pecho y sin esperar más, la besó. Recordó fielmente el calor de las manos de Alejandra rodeándole la cintura, se habían arrimado la una a la otra con tanta fuerza que había podido sentir sus latidos acelerados, su respiración, su calor y su perfume barato. Con suavidad dirigió la situación entre besos tiernos y apasionados, le quitó la remera dejando a la vista sus pechos blancos, acarició su cuerpo y besó su cuello. Recorrió su cuerpo con caricias tiernas hasta su entrepierna, le dio placer y al mismo tiempo Alejandra, más nerviosa y con cierta torpeza, le dio placer a ella. Ya no pensaron más en nada, simplemente dejaron florecer su pasión, su sexualidad y su amor en una vorágine de placer tal, que por un momento había sentido tocar el cielo, si es que existía. Ese tarde ninguna se presentó a trabajar, simplemente se quedaron allí, siendo una y dos a la vez.

                Lucía se mordió los labios, e intentó retomar el camino en sus recuerdos. Ambas tan frágiles y pasionales, vieron caer sus muros y cedieron la una a la otra. Había empezado ella, creyendo que así ayudaría a que Alejandra pudiera abrirse y contar sus pesadillas. Le contó la vez que casi muere a golpes por su padre la mañana que le confesó su gusto por las mujeres. Le contó también la vez que su madre la avergonzó ante la familia, que por sus valores cristianos no permitiría la homosexualidad en su casa. Le contó la vez que intentó ser normal, que intentó tener un novio varón que la golpeó y la forzó a que le practicara sexo oral. Lloró en su pecho, la abrazo fuerte y le contó la vez que la vio entrar al bar. Pero aquella noche ya, Alejandra simplemente se limitó a contarle muy poco. Le contó algo de su padre, su fallecimiento y la pérdida de su trabajo y hogar. Recordó sentirse horrible por un momento al abrirse a tanta verdad en tal momento u recibir apenas breves frases con escasos detalles. Pero el calor de sus cuerpos desnudos en la misma cama la había tranquilizado, entendió que todo es un proceso, y se había decidido a acompañarla hasta que pudiera superar la situación. Los detalles se fueron revelando de a poco, con el día a día. Siempre que compartían una cena, después del sexo o antes de dormir. Pero nunca mencionó al hombre de traje. Le contó de otros abusos, de como se vio empujada a la prostitución mientras vivió en la calle, las vejaciones que la policía u otras personas le hicieron. Compartiendo sus experiencias y amándose, habían intentado sanarse la una a la otra. Al mes de estar juntas, la noche de 14 de abril de 2017, Alejandra había confesado todo ante ella. Aquella noche, fue la noche que las puso en movimiento. Recordó que le había contado sobre su aparición en Mendoza por enero, allí conoció a Claudia, quien casi la atropella con su camión. Le contó que había estado débil, asustada y desnutrida y como aquella mujer la acercó a un refugio donde la ayudaron a “rehabilitarse”. Le dieron de comer, la bañaron, la cuidaron en partes y la trataron con medicamentos. La policía la ayudó a buscar su identidad, pero el número de documento y datos que había pasado con cotejaban. Entendió que su experiencia de vida había sido tan traumática, que quizás se había fabricado otra personalidad, los medicamentos y los cuidados la habían ayudado a mejorar, pero mientras se enfrentaba a los problemas legales de averiguar su identidad, tuvo que trabajar para poder mantenerse, y fue en ese entonces que se habían conocido. Alejandra le había confesado, además, que todo el tiempo que habían compartido juntas le había ayudado a aclarar su mente, sus ideas, le había ayudado a encontrarse a sí misma, que necesitaba respuestas de verdad y no aquellas trabas que el estado le imponía, o que, por lo mismo, tampoco le daba la atención que merecía. Recordó entonces aquellas palabras y las atesoró. Su compañera le había dicho por primera vez aquella noche que la amaba. No con un amor romántico, sino con un amor real. El amor de una compañera que, sin tener la carga de ser una piedra angular, igualmente la impulsaba a mejorar. Recordó haberse sentido tan feliz por un breve instante hasta que su compañera le arrebató la felicidad. Palabras que recordaría hasta ese día.

 “Mi nombre real es Alexia, y mi historia es algo complicada de explicar…”

ß╬à

Entre la oscuridad y frente a un espejo, una figura se dibuja sin detalles, en reflejo de su figura, un hombre se aleja a paso lento.

– ¿Llegará? –

-No. –

– ¿Entonces? –

-Entonces termina todo. –

– ¿Es lo que querías? –

-Es lo que debe pasar. –

-A él no le va a gustar. –

-A nadie le importa lo que él piensa ya. –