MeliAscune 1

El Viaje

La conversación se acaloró en segundos. Ya no aguantaba tanta historia, tanta mística ni fantasía. Ni libros, ni criaturas, ni espejos. Estaba tan enfadada y nerviosa que encendía y fumaba hasta la mitad los cigarrillos, iba ya por el quinto cuando comenzó a echarle encima todo su enojo. No se había puesto a pensar ni por asomo, si en realidad la persona que tenía enfrente era una sociópata o sufría alguna patología mental. Bueno, era claro que había estado en el hospital psiquiátrico y se había escapado. Incluso dudaba de las violaciones o abusos que había vivido, los contaba con tanta liviandad, concentrada en el inminente fin del mundo, que no sabía si creer realmente que fue abusada, o si en realidad es todo parte de su fantasía, los abusos inclusive. Se esforzaba, mientras le gritaba con reproches, creer que realmente su vida fue tan traumática que esta historia era una simple escapatoria de la realidad, que era más fácil pensar que todo sucedía en un trágico marco extremo y que de haber sido todo distinto, hubiera sido mejor. Pero no podía, su personalidad no era tan tranquila, ella era más efusiva, más escandalosa y por sobre todas las cosas, evitaba guardarse las opiniones. Estaba lista a cerrar la conversación con un portazo, tomar el auto y dar unas vueltas para aclarar sus ideas y dejar a su pareja pensando en su historia. La discusión había entrada en un incómodo y larguísimo silencio mientras se vestía para salir, Alexia o Alejandra, como sea que fuese su nombre, extendió una mano apacible, sintió ese frío peculiar en su hombro y sus muros se cayeron, el enojo se transformó en tristeza, y la ira en un melancólico llanto. “No quiero que me creas porque sí, te lo voy a demostrar” le susurró al oído su pareja y en aquel momento, el llanto se congeló ante lo que veía frente suyo. En un abrir y cerrar de ojos, la pequeña habitación acogedora del departamento se transformó en una enorme habitación blanca llena de espejos. No podía creer lo que estaba sucediendo, todo en lo que había creído, o creía del mundo se desmoronaba en un instante y entraba en una fantasía irreal. Era imposible. Debía ser imposible. Se convenció a sí misma que eso era, una ilusión, un truco, que su compañera había puesto algo en su bebida, la había drogado, seguro era eso. Una sociópata como ella, que inventa historias y se escapa de un hospital psiquiátrico podría ser capaz de haberla drogado. Se pellizcó, se cacheteó, hizo de todo para tratar despertar de aquel sueño, pero no sucedió nada. Todos los espejos las reflejaban a ambas en sus escasas ropas frente una habitación blanca, excepto un espejo que, en lugar de reflejar, mostraba la habitación del departamento. “Hasta acá es lo que aprendí. Volvamos, me está doliendo la cabeza”, escuchó que le dijo Alexia mientras le extendía la mano, y aunque ella la veía, empezaba a dudar de quien era. Primero recordó a Alexia, luego a Alejandra, y poco a poco comenzó a perder el recuerdo de quien era aquella mujer hermosa y delgada frente a ella. Escuchaba que le hablaba, pero la voz era distante. Casi de forma automática, comenzó a moverse por la habitación. Observaba los espejos con desmedida y lujuriosa atención, miraba su figura, se acariciaba el cuerpo con excitación, primero sus pechos, luego su entrepierna y se mordía los labios. El corazón se le aceleraba. Se había detenido frente a un espejo muy peculiar, con un marco de madera ornamentado, antiguo y con inscripciones extrañas. No podía dejar de sentirse excitada ni podía dejar de tocarse, y es que en el espejo no se reflejaba ella, sino que la figura desnuda de Alexia que la provocaba tocándose también. Su cuerpo empezaba a sentirse a traído al espejo, sentía una sensación y ganas de meterse a través del mismo y no podía frenar, sus manos ya comenzaban a pasar por debajo de la lencería, cuando de repente las manos frías de su compañera la volvieron a traer al mundo, sus rodillas temblaron y cayó al suelo. El terror se apoderó de ella cuando el reflejo erótico del espejo se transformó en una criatura horrible, de rostro y cuerpo alargado, con un abdomen redondo, la piel gris y cuatro enormes pechos que caían como bolsas al suelo. La criatura se reía con una mueca desagradable. Comenzó a gritar de desesperación, hasta que fue arrastrada de nuevo hacia la habitación. Como un rayo que cae sobre un árbol en medio de una tormenta, le volvieron los recuerdos. Alexia le había explicado que los espejos funcionaban como algo parecido a puertas que conectan mundos. Lo que no pudo aclararle, que mundos eran. La imagen horrible de aquella criatura que parecía una vieja mujer, nunca se le borrarían de la cabeza, pero no tuvo más remedio, dada la experiencia, que creerle a su compañera.

                Así fue como Lucía comenzó a ayudarla en sus averiguaciones para encontrar al misterioso Gabriel de los Santos, el hombre con la posible clave de todo este asuntillo. Primero se habían decidido a investigar algo un poco más importante, la identidad de Alexia. Si era correcto asumir que había viajado en el tiempo como en las películas, lo probable era que existiera una versión más joven de ella, todavía viviendo en Flores, Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, la búsqueda fue infructífera, a pesar de haber pagado informes comerciales o crediticios de empresas privadas, o incluso averiguando en registros civiles, o puntos de atención del Ministerio del Interior, el Registro Nacional de las Personas etc. No habían dado con ninguna información. Karina, una amiga de ella les había aconsejado intentar otra alternativa, no averiguar sobre ella sino sobre su familia. Su padre, su madre o alguien. Para esa época, recordando la historia, el padre de Alexia había muerto poco antes de la catástrofe y su madre había fallecido en su nacimiento, por lo que no tendría sentido, pero agotadas las instancias, decidieron intentarlo. La sorpresa llegó a ellas, cuando sin mucho esfuerzo llegaron con la información. El problema fue, la respuesta que encontraron.  Víctor Fernández de cincuenta y ocho años, empleado de una constructora reconocida en Córdoba, vivo, casado. Cónyuge: Soledad Ávila, de cincuenta y dos años edad, maestra de primaria en escuela pública en Córdoba, viva. El documento del padre y la madre, así también como sus nombres, coincidían. En las redes sociales encontraron sólo al padre, tenía fotos de ambos, Alexia lo identificó tal cual lo recordaba, incluso con los mismos ojos tristes, a la madre también, aunque avanzada en edad, había reconocido el rostro. Sin embargo, el único rastro de Alexia era de una beba con otro documento y con el epíteto de fallecida. Entre la información encontrada en las redes, se encontraron con la noticia de un diario donde contaban la trágica historia. El hospital donde había nacido sufrió un terrible incendio, en medio de la emergencia, el estrés aceleró el parto, pero Alexia había nacido muerta. El hombre que provocó el incendió había sido encontrado después muerto, colgado de una viga en su casa. Ese mismo hombre, se llamaba Atahualpa de los Santos, padre de Gabriel de los Santos y sufría de esquizofrenia.

Las circunstancias habían decantado en una conexión trágica entre Alexia y Gabriel que deberían resolver cara a cara, y si algo de esto tenía que ver con lo que el Observador le había dicho mientras los espejos estallaban, habría que ir hasta buenos aires. Habían pasado ya tres meses desde que estaban juntas, y dos desde que comenzaron con las investigaciones. El último dato que habían logrado conseguir de él, es que vivía en San Telmo. Renunciaron a su trabajo en Beer & Burger y luego de cobrada su pésima liquidación, compraron los boletos en micro hacia la provincia capital, listas para enfrentar lo que fuera necesario.

ß╬à

Lucía despertó con un dolor de espalda terrible, miró su reloj y apenas habían pasado treinta minutos, la noche seguía cubriendo la ruta y el Micro avanzaba a paso tranquilo, a su lado estaba Alexia durmiendo con tranquilidad. Se acercó y besó su mejilla con ternura, y la rodeó con sus brazos, como un reflejo del sueño su compañera se acomodó sobre su pecho. Los recuerdos y el breve sueño la habían despabilado. Su celular no tenía señal y ya se había cansado del rock ochentoso que tenía en su lista de reproducción, por lo que empezaba a molestarse. Le dolía la cintura y un poco la espalda. Le costaba entender como su novia podía dormir así. Bueno, pareja. La palabra novia le daba algo de escalofríos, le habían dado ganas de ir al baño, y aunque la posición tierna en la que se encontraban ambas la disuadía de levantarse, se deslizó suavemente para pararse en el angosto pasillo del micro. Por suerte su estatura le permitía cierta movilidad. Estaba en un micro con dos niveles, y tenía que bajar para dar con el baño. Estaban casi al final de la hilera de asientos, trató de caminar despacio para no despertar a nadie, y tuvo que ahogar un grito cuando se encontró de frente con un hombre de traje sin rostro. Recordó la historia de Alexia, y supuso que era un aliado, sin embargo, recordó, muy tarde, que no era como el delgado, sino más bien robusto. El hombre alzó el puño en alto, pero se desvaneció. En ese entonces, pudo ver frente a ella, que la noche daba lugar a un día nublado. El micro comenzó a agitarse ya que la ruta nueva por la que iban se transformó en una ruta agrietada. Saltó de un susto cuando sin darse cuenta Alexia apareció atrás de ella. El micro comenzó a patinar, ambas se agarraron fuerte de los asientos y luego volvió la noche y el asfalto liso. El micro parecía perder el control hasta que logró frenar sobre la banquina. Alexia bajó corriendo hacia la cabina del chofer, y ella aun asustada, la siguió.

– ¿Están bien? – preguntó Alexia, uno de los choferes parecía recién despertarse, mientras que el que estaba al volante se encontraba pálido y agitado.

– ¿Qué pasó Carlos? – le preguntaba el recién despierto, un petiso calvo con una panza muy abundante. – ¿Te quedaste dormido?, ¿tas bien?, ¿la luz mala? – se reía a carcajadas. Carlos, el chofer sin embargo no hablaba, seguía aferrado al volante. Antes de que pudiera intervenir ella, vio como Alexia le daba una fuerte cachetada. El calvo panzón se empezó a reír con una carcajada horrible. Tuvo que intervenir, agarró a Alexia por los hombros y la corrió hacia un lado. Frente a ellos se frenó un auto y un hombre joven con linterna en mano bajó para acercarse. Seguramente había visto las maniobras del micro

-Casi nos matás pelotudo. Cambia de lugar con tu compañero y dormí un rato. – Lucía intentó poner la situación que habían vivido fuera de foco, pero no hubo caso. Otra vez se había hecho de día frente a ellos. La risa del calvo se cortó en seguida y todos quedaron mirando hacia el frente, lo que observaban era imposible. El hombre que se había bajado del auto parecía presenciar lo mismo, había apagado su linterna y miraba confundido al cielo y el deplorable estado de la ruta. Pero eso no fue todo. El suelo comenzó a temblar, el resto de los pasajeros comenzó a levantarse y a pegarse contra el vidrio, murmuraban sorprendidos, y una niña gritó desesperada. Lucía volvió el rostro hacia la niña que miraba por la ventanilla hacia el otro lado de la ruta. Mientras Alexia se apretaba con fuerza las sienes, a través del vidrio, Lucía distinguió una de las criaturas que le había descrito su compañera durante el viaje. Un ser enorme con tentáculos y largas patas. Alto como un edificio y con una forma imposible. Sin que pudieran reaccionar, de los matorrales que inundaban los campos al costado de la ruta, una criatura del tamaño de una persona se abalanzó sobre el hombre que había bajado del auto y lo partió al medio dejando en el parabrisas del micro y el capó del auto una horrenda salpicadura de sangre. Inmediatamente, comenzó a consumirlo con desesperada velocidad, Carlos vomitó en el asiento y el calvo se desmayó. La gente comenzó a gritar desesperada, aparecieron dos más desde los matorrales también, mientras el gigante seguía caminando despreocupado en dirección a ellos. Lucía no podía creer lo que veía, aunque intentaba razonar y pensar en lo que Alexia le había contado, se acercó a ella que seguía apretando con fuerte sus sienes. Tuvo que darle una sacudida para hacerla reaccionar.

– ¿Qué hacemos? Se acercan. – le dijo con la voz entrecortada y nerviosa. Mientras tanto los pasajeros se organizaban y un hombre de veinte y algo se acercó.

– ¿Qué está pasando?, ¿dónde estamos y porque no nos movemos? – el joven pasó de largo de ambas como si no existieran, Lucía se percató que Alexia sostenía el libro con una mano y con otra la agarraba a ella.

-Cuando te diga, nos vamos hacia el auto. – no entendía mucho de lo que sucedía. El joven increpaba al chofer, que no podía encender el micro y la gente se alborotaba en sus asientos y pasillos cada vez que se acercaban las criaturas, la tercera que se había comido al hombre había desaparecido. En su lugar solo había sangre y huesos. Algo golpeó fuerte en el techo, y los gritos desesperados de los pasajeros hicieron que las otras dos criaturas se abalanzaran sobre el micro, clavando sus enormes garras en los vidrios. Una de ellas, atravesó de lado a la niña que había gritado, junto a su madre. En ese instante, mientras las criaturas intentaban entrar al micro, Alexia soltó la mano de Lucía y le gritó para que corrieran. Abrieron las puertas del micro, y mientras dejaban atrás sus pertenecías y a los pasajeros, corrieron hacia el auto. Con la puerta abierta, una de las criaturas logró entrar al micro. Entre gritos de desesperación y terror, mientras la sangre salpicaba los vidrios, lograron meterse en el auto. Ella del lado del conductor y alexia en el del acompañante.

– ¿Qué esperas? Arrancá- les dijo a los gritos Alexia. Lucía, nerviosa y asustada, encendió el auto y se alejaron acelerando a toda marcha. Con un festín de pasajeros, las criaturas ni se preocuparon en seguirlas y el gigante, continuó su marcha. Ya un poco más lejos y bajando la velocidad, por el espejo retrovisor, pudo ver como el gigante había el micro a su paso sin si quiera aminorar la marcha y como las criaturas se esparcieron por el suelo con velocidad y treparon por las patas hasta del gigante hasta esconderse dentro de su abdomen entre sus horribles tentáculos. A esa distancia parecían hormigas subiendo un árbol. Segundos después, al volver la vista tuvo que frenar el auto, golpeándose levemente la cabeza contra el volante. Delante de ellas estaba el hombre de traje con su rostro difuso, pero esta vez era el de contextura delgada y más alto. Sin mediar palabras, Alexia se bajó del auto, gesticulaba cosas, pero el hombre no parecía contestarle, se quedó observando la escena mientras miraba atenta a su alrededor, buscando más criaturas de las cuales esconderse, pero hasta el momento no había visto nada que debiera preocuparlas. Alexia volvió al auto con el ceño fruncido.

– ¿Qué pasó? –

-Tenemos que seguir adelante, ¿ves allá? -su pareja le señalaba hacia el horizonte, muy lejos. Al final del camino parecía verse una tormenta, el cielo era totalmente gris y por alguna razón no podía ver bien, estaba asustada y todo le parecía una mierda.

-Pero estábamos en la ruta, y el micro, ¿qué hacemos acá? –

-No sé Lucía, ¡NO SE! – hacía mucho no le gritaba, Lucía la miró sorprendida, se agarraba fuerte la frente con una mano y con la otra sostenía el libro.

– ¿Estás bien amor? – le preguntó.

-Otra vez, todas esas imágenes distintas, esas vidas que no viví, o sí. No sé, vámonos-

-Está bien, tratá de concentrarte, nos vamos- Lucía arrancó el auto y comenzó a dirigirse por la ruta hacia el horizonte marcado por su pareja. Las circunstancias tan extrañas que estaban viviendo eran para ella, demasiado. Aunque aquellas criaturas le aterraban demasiado, estaba decidida a salir de ahí.

                Cada vez estaban más cerca del cielo gris, lo que resultaba extraño es que el día iba dando lugar a la noche, el sol se comenzaba a ocultar detrás de ellas, pero el gris seguía siendo gris, incluso bajo la penumbra de la noche. El viaje había sido accidentado, como menos. Se habían cruzado constantemente con criaturas y debían esquivarlas. Criaturas nuevas y otras ya conocidas. En algunos momentos detenían el auto entre los matorrales cuando cruzaban volando algunos de esos extraños y gigantescos escorpiones, pasaron a toda velocidad entre las patas de un Titán, como decidieron nombrar a aquel gigante con tentáculos, y lograron que aquellos parásitos con extraña forma de cucaracha gigante no las siguiera. También se cruzaron con algo que a Lucía se le había ocurrido nombrar como Cangremantis. Se habían reído mucho con ese nombre, como reflejo del miedo y terror que les había producido. Se habían escondido en los matorrales para ocultarse de un escorpión, cuando de pronto apareció frente a ellas. De cuerpo alargado y con una posición similar a las mantis religiosas, pero en lugar de aquellas patas delanteras recogidas con espinas, tenía pinzas similares a las de un cangrejo, y el cuerpo era de un color rojizo, con su parte inferior más bien gris. Además, la cabeza en lugar de ser como la de una mantis, era un horrible y alargado pico con dientes y diez ojos, en dos hileras de cinco de cada lado del pico. Se habían espantado, intentaron no hacer movimientos bruscos para que la criatura no alertara su presencia dentro del auto, pero lo hizo de todas formas y se abalanzó sobre ellas. Con una reacción rápida, Lucía había logrado arrancar el auto y volver a la ruta para escapar, pero la Cangremantis era tan rápida que estaba por alcanzarlas. En la desesperación, Alexia revisó el auto y encontró en la guantera un revolver y una credencial de policía. Lucía se había contentado de tener algo que pudiera protegerlas y le insistió a que la usara. Su compañera cargó la pistola, bajo la ventanilla y sacando parte del cuerpo por la misma disparó cuatro veces, de las cuales una sola impactó en uno de los ojos de la criatura y la hizo escabullirse entre los matorrales de nuevo para no volverla a ver. Después del susto, se habían contentado, y fue en ese momento que Lucía festejó con el momento apodando a la misma. Luego se cruzaron con algo a lo cual lucía le llamó “Gusano de asfalto”. La imagen había sido espectacular, habían frenado para esconderse de un escorpión, cuando de repente fue interceptado en el aire por uno, había salido de un agujero en medio de la ruta que estaba frente a ellas. Era una criatura enorme, de cuerpo alargado, no tenía cabeza, solo una boca enorme con cientos de alargados dientes. Había salido disparado como una bala, su cuerpo se enroscó en el Escorpión gigante mientras le clavaba sus dientes, luego, con la inercia de su cuerpo desenroscándose se metió de nuevo por el agujero con el escorpión entre sus fauces. Una de las enormes alas caía levemente sobre la ruta mientras ellas continuaron la marcha.

                Ya se encontraban cerca, la ruta había dejado de tener aquellas subidas y bajadas y estaban en línea recta, el auto ya casi no tenía combustible y estaban manejando con reservas y ya era noche. Una hermosa noche de estrellas que reinaba sobre el cielo encima de ellas alumbrada por una luna menguante blanca. Habían visto movimientos entre los matorrales a pesar de la oscuridad. La luna y la luz del auto eran lo único que alumbraba aquella noche, pero podían ver cosas que se movían a su alrededor. Lo extraño de todo lo que sucedía, logró señalizar Lucía, era que todas las criaturas se escondían o en agujeros, o en los matorrales crecidos de una naturaleza abandonada y que, frente a ellas a pesar de la noche, el horizonte era gris. Un gris imposible. Era como observar la nada misma. Para su suerte se cruzaron con una estación YPF abandonada, la naturaleza y el óxido habían hecho lo suyo en aquella estación, había unos autos abandonados también en un estado deplorable. Con tanto tiempo perdido, probablemente el combustible en aquel lugar no serviría, ni en los vehículos. Pero quizás se podría aprovechar de todas formas. Debían arriesgarse.

ß╬à

                Lucía dejó el auto entre dos distribuidores y probaron con ambos, uno solo tenía combustible para llenar el tanque. Alexia vigilaba furtiva la zona con la pistola apretada entre ambas manos y ella trató de no alejarse mucho, queriendo recorrer el lugar, sin razón alguna. La parte de minimercado que tenía la estación estaba tapiada con cartones, chapas y maderas, algunos vidrios rotos de las ventanas permitían ver dentro del lugar. Con la linterna de su celular que aún tenía batería, se acercó a inspeccionar. El lugar se veía desierto, saqueado y en ruinas, algunas cajas vacías, bolsas y suciedad adornaban el suelo o las góndolas de chapa oxidada. La noche se había vuelto fría, pero fueron los escalofríos al creer ver algo que se había movido dentro la que verdaderamente le helaron la piel, al voltear, Alexia estaba detrás de ella.

                -El tanque está lleno, vámonos- le dijo ella.

                -Vi algo moverse ahí-

                – ¿Y? Vámonos antes de que ese algo se nos tire encima- le contestó Alexia, ella sentía una rara sensación de intriga, y algo, le decía en su interior que debían quedarse allí un tiempo más.

                – ¿Confiás en mi Ale? – le dijo, apelando a su sensibilidad. Su compañera asintió con la cabeza, -entremos a mirar y nos vamos- continuó. Pudo ver como su rostro pasaba de uno pálido hermoso y apacible, a uno furioso y compungido.

                – ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra Lu? – le reprochó. Ella, sin embargo, no quiso caer en una discusión innecesaria.

                -Nada, pero entremos, hace frío- casi refunfuñando, Alexia aceptó, pero no sin antes dar indicaciones de como debían entrar.

                Con la luz de la linterna siempre al frente, y con Alexia pegada a su espalda con el arma lista, entraron por una vieja puerta que debería tener en su hoja un enorme vidrio, pero había sido reemplazado por una placa de fibrofácil. Al ingresar, un hedor nauseabundo de humedad y podredumbre la ahogaron y comenzó a toser, Alexia también. Se vieron interrumpidas por un ruido, una caja se cayó en una de las esquinas del local. Con un reflejo de miedo, iluminó el lugar, pero más que la caja vacía no había nada. Por el rabillo del ojo vio una sombra que se movía al costado, al dar vuelta, algo se abalanzó sobre ellas.  Ambas cayeron de manera torpe al suelo y el celular quedó lejos. La luz de la linterna rebotaba en el techo y alumbraba un poco el lugar. Al otro lado, cuando Lucía volteó para buscar a su compañera, la vio que forcejeaba con algo encima de ella. Se incorporó como pudo y se acercó corriendo usando el envión para propiciarle una patada a lo que sea que estaba encima de su pareja. Sintió algo casi pequeño y duro que voló hacia un costado y chocó contra las góndolas y que gemía de dolor. Alexia se levantó con la pistola lista, pero ella la detuvo.

                -Pará, no es un monstruo mira- lo apuntó con su celular, debajo de unas ropas holgadas y hecha jirones había un hombre delgado y calvo con ojos asustados que se desangraba frente a ellas. Desde el pecho se desprendía un barral de chapa como si fuera una lanza. No podía creer que su patada hubiera sido tan fuerte, pero por la contextura de aquel hombre, quizás era más entendible. Ambas se acercaron al hombre y lo observaron con lástima. Este, sin embargo, a pesar de estar atravesado, intentaba alcanzarlas con las manos, gimiendo y rabiando.

                – ¡Él las matará, él las matará, si, si! – gritaba el hombre.

                – ¿Quién es él? – escuchó preguntar a Alexia, mientras ella sentía la bilis en la garganta, por la imagen.

                – ¡Él lo ve todo y las matará! ¡las matará, las matará, las… matará…- poco a poco la vida se extinguió. Todo se volvió silencio por un momento, Lucía seguía alumbrando al decrépito mientras la sangre fluía debajo de él hasta sus botas. El silencio se vio interrumpido cuando escucharon la puerta abrirse, y unos pasos entrando al lugar. Al ver hacia allí observaron a un hombre alto y fornido que vestía un sobretodo de cuero, el rostro estaba oculto por una especie de máscara blanca sin muescas para ojos o boca. Sólo tenía un símbolo, un símbolo que Lucía logró reconocer en seguida. Un gravado de líneas y puntos, el mismo que figuraba en la tapa del libro. Entonces escuchó un estruendo, Alexia había disparado. El hombre con sobretodo cayó hacia atrás sobre unas cajas.

                – ¿Qué haces? – preguntó Lucía.

                -No sé, vámonos- le contestó su pareja agarrándole de la mano y corriendo.

                Antes de que pudieran reaccionar, el hombre se había levantado como si nada, justo cortándoles el paso frente a la puerta. Intentaron esquivarlo, pero fue imposible. Frente a ellas el hombre medía casi dos metros. De hombros anchos y brazos que parecían troncos de árboles. Con una mano enguatada en cuero negro, logró alcanzar a Lucía, que sintió los dedos como tenazas en su brazo y de repente se percató flotar en el aire. Antes de que pudiera reaccionar, sentía el golpe de su cuerpo contra una de las góndolas, resbalando hacia el otro lado de la misma, cayó al suelo con un golpe fuerte. Le faltaba el aire y sentía que se había roto todos los huesos. Desde su posición no lograba ver a Alexia ni al hombre, pero escuchó tres disparos y logró ver el destello reflejándose en las paredes. Se arrastró hasta la góndola de nuevo e intentó levantarse ayudándose con los estantes. Intentó usar la linterna de su celular, pero en golpe la pantalla se había partido y no parecía funcionar. Intentó acercarse hasta la puerta, pero se encontró de frente con el hombre de traje. Asustada y sin poder moverse, sólo pudo observar como este la tomaba por el cuello y levantaba en el aire.  Sentía la presión de su enorme mano ahorcándola, se le nublaba la vista con lágrimas, y sentía como en cualquier momento se lo partiría y se acabaría el mundo para ella. Ya al final del camino, logró vislumbrar un destello frente a ella y la presión cedió. Aún aturdida, sintió las manos cálidas de Alexia a su alrededor que la ayudaban a levantarse para correr, dando arcadas y tosiendo, apoyada sobre su compañera, corrió hasta el auto y una vez ahí, encaró sin dudarlo al asiento del conductor. El auto tardó encender, más que nada porque aun se sentía aturdida, pero no había señales del hombre enmascarado. El tanque marcaba lleno, y sin problemas, salieron de la playa de la estación hacia la ruta, en dirección al horizonte gris, pero entre ellas y su destino, de nuevo aquel hombre. Lucía, más decidida que nunca, apretó el acelerador dispuesta a pasarlo por encima, no sin antes ambas abrocharse el cinturón de seguridad, el auto salió disparado casi como una bala, pero no fue como esperaban. Con ambas manos, el hombre frenó el auto que apenas lo arrastró sobre el asfalto unos pasos, el capó se hundió y ellas, de no ser por el cinturón, hubieran volado por el parabrisas. Lucía seguía acelerando y las ruedas traseras chillaban mientras se quemaban en el asfalto, en ese entonces, de la nada, algo enorme se llevó puesto al hombre. Lucía perdió el control del auto que aceleró hacia el frente sin rumbo, intentó frenarlo y terminó dando media vuelta y sobre la banquina. La única luz que no se había roto en el choque iluminaba el combate que tenía el hombre con una Cangremantis que Lucía pudo identificar como la misma que se habían encontrado por la falta de ojo. Probablemente las había seguido hasta el lugar y fue la primer víctima que se encontró. El hombre forcejaba con la criatura que se agitaba encima, tratando de deshacerlo con sus pinzas o su pico. Sin dudarlo, decidió volver a reanudar la marcha, salió de la banquina despacio y dio vuelta para encarar nuevamente hacia el horizonte, el auto no parecía responder bien y no aceleraba lo suficiente, pero les permitía andar. Por el retrovisor, ambas observaron como casi sin esfuerzo, el hombre se levantaba del suelo, arrancaba las extremidades de la Cangremantis y pisoteaba su cuerpo, mientras las observaba a través de su máscara, sin embargo, se quedó allí, sin ir detrás de ellas. Sin darse cuenta, asustadas y agitadas por el encuentro, el auto avanzó hasta el horizonte, donde frenaron de golpe. Frente a ellas el camino se terminaba. No había nada más que un muro gris. La luz del auto no parecía atravesarla ni reflejarse. No era niebla, nube, ni nada, simplemente un muro gris.

                -Entremos- le dijo Alexia.

                – ¿Entrar? Es un muro-

                -El Observador me dijo que debíamos entrar, entremos-

                – ¿Estás segura?

                -Sí

                -Entremos entonces. –

                Lucía emprendió marcha a ritmo lento. El auto se hundió en la pared gris de a poco, como si desapareciera por completo. Cuando el gris les tocó a ellas, inmediatamente vieron del otro lado una enorme habitación blanca. Vacía y enorme. Avanzaron con el auto hasta salir completo del gris, pero por el retrovisor no veía gris, solo blanco y que la parte restante del auto iba apareciendo detrás. Avanzaron por el blanco infinito hasta que encontraron frente a ellas, un hombre sentado en una silla. El auto se detuvo solo, no solo el motor, sino que todo lo electrónico también se apagó de golpe. Ni siquiera la inercia las hizo avanzar. Ambas, aún asustadas y precavidas se miraron a los ojos, Lucía veía en su pareja una incomprensible decisión.

                – ¿Estás bien? – le preguntó Lucía a su pareja.

                -Ya no veo las imágenes. Este lugar, es como el observatorio, pero sin espejos. Estamos en el lugar entre los lugares, de seguro-

                -Bajemos- se dijeron ambas. Se acercaron con cautela hacia el hombre sentado, pudieron ver que llevaba un traje negro, pero no era solo color negro, sino que parecía absorber la luz por completo, era como una abismo, una larga cabellera blanca caía sobre sus hombros que le hacían recordar a esas lámparas de fibra óptica. Su compañera seguía con la pistola entre sus manso, algunas balas aun le quedaban de seguro.

                -Bienvenidas Lucía y Alexia- escuchó en su cabeza una voz profunda y tranquilizadora, sin eco.

                -No tengan miedo. Acérquense- volvió a escuchar la voz. Se acercaron hasta estar apenas unos metros de distancia. El hombre se levantó y la silla se hundió en el suelo, como si fuera tragada por un mar blanco, despareciendo de la vista de ambas. El hombre volteó con suavidad, pero una luz incandescente la encegueció por un breve instante, intentó taparse con una mano, pero era como si la figura atravesara su mano. La luz disminuyó hasta que, ante ellas, el hombre. Un hombre alto y esbelto, apenas más alto que alexia, con cabellos largos y blancos brillantes y una populosa barba larga. El traje negro parecía absorber incluso la luz de sus cabellos. Era un traje común y corriente, con camisa, corbata y saco, pero absolutamente negro con la sensación de observar un abismo. Le resultaba muy difícil entender en su cabeza lo que observaba. El anciano de traje tenía los ojos hundidos en su cuencas y rodeados por una sombre absolutamente negra que daba la misma sensación que su traje. No tenía iris, solo una pupila azul.

                – ¿Quién sos? – preguntó instintivamente Lucía. Alexia se había quedado inmóvil a su lado, pero con un rostro decidido.

                -Soy el principio. El final. El tiempo. El espacio y lo que hay entre el espacio. La realidad. La vida. La muerte. Soy la física. La matemática. Lo bello. Lo horrible. Lo bueno. Lo malo. El amor. El odio. Soy dios. Soy el diablo. Soy Argión. –