Malena 5

Alexia, la Trotamundos

Fuera de sus recuerdos, Lucía se acomodaba en el asiento del micro mientras su compañera seguía durmiendo. Pateó un asiento de adelante sin querer, pero nadie reaccionó así que, continuó tratando de colocar sus piernas en una posición algo más cómoda. Por la ventana sólo se veía la oscuridad de la ruta. Un inmenso mar de estrellas cubría el cielo y una luna amarilla las guiaba a destino. Ya un poco más cómoda, con una almohada a la altura de su cintura, volvió sobre sus pensamientos y sobre sus recuerdos de aquella noche de confesiones.

Su compañera, mujer de la cual se había enamorado, no se llamaba Alejandra sino que Alexia. Además, había escuchado palabra por palabra una historia imposible. Una historia no sólo extraña, sino de fantasía y ¡de otra época! La escuchó contarle de un virus, de un estado militar, muertes, y un mundo sacado de una mala novela de Fox. Se sentía furiosa. Ella le había contado con toda sinceridad todo lo que había vivido, sus experiencias, sus dolores, los abusos y la violencia a la que fue sometida y ¿qué obtenía como respuesta? Cuentos y más cuentos. Pero, esos ojos, esos hermosos ojos verdes parecían idos, totalmente absortos de la realidad mientras las palabras salían disparadas como puñales. Recordaba exactamente aquella sensación de frustración, enojo y lástima. Pero no había querido interrumpirla. Había decidido escucharla con calma, se encendió un cigarrillo y mientras Alexia seguía hablando, había ido a buscar algo de beber para ambas, lo que en este momento no recordaba si había sido cerveza o vino, pero no importaba mucho. Importaba esa historia. Alexia seguía y seguía hablando hasta llegar a la parte que, en aquel momento, pensó ella que era el abuso que había sufrido y al que había adornado dentro de esa historia de fantasía. En su historia, todo se había ido a la misma mierda en ese mundo post apocalíptico y Alexia huía hacia una estación del subterráneo, un soldado intentaba violarla, pero terminaba muerto en las escaleras. El subterráneo coincidía con eso que había balbuceado la noche de ebriedad entre sueños, pero el soldado nada tenía que ver con un hombre de traje, por lo que continuó escuchando. La historia se volvía algo monótona sobre como acondicionó el lugar para vivir, sus viajes a las afueras, los muertos y el quilombo de las calles. Todo eso no importaba mucho, de hecho, se aburría y estaba por reprocharle todo, hasta que la historia pasó de un aburrida novela del fin del mundo, a una novela esotérica. Había dejado de prestarle atención real hasta que escuchó el nombre de Claudia, en ese momento su cuerpo se tensó de pensamientos mal sanos y escuchó con mayor atención.

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“Las sombras y las voces me rodeaban por todos lados, no podía pensar con claridad más que repetir las palabras que escuchaba en mi cabeza, cuando me quise acordar, la oscuridad se hizo luz y casi me pasa un camión por encima. No llegué a reaccionar, el camión se desvío y me salvé de casualidad. No entendía absolutamente nada de lo que sucedía en ese momento, el sol estaba alto, no había nubes. Había aparecido de la nada en medio de una ruta. La mujer que manejaba el camión se me acercó para ver si estaba bien. Seguro que mi apariencia era un espanto, me sentía un espanto, me dolía todo, estaba cansada, muy cansada, agotada, sin ganas de vivir. Cruzamos palabras rápidas, la tonada la conocía, hablaba rápido y bajito. No era buenos aires, no estaba cerca de casa, pero todo colapsó cuando le pregunté donde estaba. Mendoza me dijo. Quería pensar que me había movido de lugar nada más, pero fue peor cuando me percaté del calor que hacía. Yo estaba en pleno invierno. Por más que estuviera en Mendoza bajo pleno sol, no podía hacer tanto calor y tuve que preguntar. Enero de 2016 me dijo. Me quedé paralizada. Inmóvil e inútil, hasta que algo se me cayó de las manos y reaccioné. El libro. Estaba conmigo, lo tenía entre mis manos todavía y me percaté recién cuando se me cayó. Mi cabeza empezaba a dar vueltas y vueltas, empecé a revivir todo de nuevo, como si alguien hubiera puesto a rebobinar un video en mi marote. Ahí mismo sentí que me moría.”

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<<martes 19 de enero de 2016, Mendoza, Argentina>>

Alexia se despertó, pero sus ojos tardaban mucho en reaccionar, los parpados se movían en cámara lenta y la luz tenue del lugar no ayudaba. Veía borroso, escuchaba algunas voces y los pasos suaves y apresurados de las personas. Poco a poco fue recobrando su visión, hasta que logró distinguir a una mujer con un ambo celeste y cabello corto teñido de un rojo carmín que se acercaba.

-Bueno, despertó la bella durmiente- le dijo con una voz aguda y algo molesta, -A ver abrí bien los ojos-, continuó mientras con cierta brusquedad le abría los párpados y la iluminaba con una linterna. -Seguís un poco deshidratada, voy a buscar a la médica. Quédate quietita en la cama por favor ya vengo, ¿sí? Gracias mi vida- la mujer, que pudo reconocer como enfermera, se alejó sin darle tiempo a contestar.

Sentía el cuerpo entumecido, le pesaban las extremidades y le dolía horrores la espalda. Estaba en una camilla de hospital, en una sala con al menos tres personas más que parecían dormidas o sedadas. De su mano izquierda se desprendía el conducto del suero. Intentó levantar su torso para quedar sentada, pero no tenía fuerzas, sentía los labios secos y le ardían los ojos. Estaba aturdida y no podía pensar con claridad. Mientras la enfermera y la médica se acercaban hasta ella, se quedó observando un jarrón con flores en una mesita a sus pies. La médica le hizo preguntas de rutina a las cuales contestó con gran esfuerzo, pero la que más le había costado contestar en aquel momento habían sido las personales, su nombre, su edad, etc. A pesar de seguir en aquel estado de confusión y cansancio, logró ver la cara de preocupación de las mujeres. Ambas se retiraron cordialmente y el día transcurrió lo más lento y tortuoso posible. Durante las primeras dos horas estuvo sola, en silencio y sin poder moverse. Luego vino la comida, aunque su cuerpo parecía famélico, apenas si pudo comer. Le costaba mucho, su cuerpo no respondía como debía y la enfermera tuvo que ayudarla. Pollo hervido, puré de zapallo, agua y gelatina. El resto de los compañeros de cuarto seguían rígidos en sus camas, sin preguntarle, la enfermera le contó que estaban en coma farmacológico hacía varios meses y que no se hiciera ideas de compañía, luego se retiró con una risa muy particular. Poco a poco la comida empezó a asentarle y sentía un poco más de energía y su cuerpo empezaba responderle más, pero no lo suficiente como para levantarse. Sus ojos se habían acostumbrado a la luz tenue del lugar y observaba con mayor detalle sus alrededores. El lugar era bastante triste. Las paredes estaban pintadas de un blanco y marrón viejos, manchados y desgastados. Algunos rincones perdían el acabado por la humedad o el paso del tiempo. Las camas eran viejas, algo golpeadas y descuidas. Ella estaba en el extremo opuesto de la entrada, cerca de una ventana dividida en cuatro con uno de sus vidrios reemplazados por una bolsa transparente de nylon. Sus compañeras de cuarto eran mujeres, señoras bastante entradas de edad con suero y conectadas a máquinas ECG, al igual que ella. Pero de todas, era la única que tenía en la mesa que había usado para comer, un jarrón con flores. Era la única que parecía recibir visitas.

El ejercicio que había hecho para reconocer donde se encontraba, le había permitido ir aclarando las ideas en su cabeza, lo primero que tuvo en mente fue su nombre. “Alexia Fernández”, logró contestarle a la médica en la segunda visita. “Treinta y dos años, del barrio de Flores, Capital Federal”. Pudo ver que la médica asentía y le susurraba algo a la enfermera quien luego se retiró durante unos breves minutos. Mientras ellas seguían conversando, la enfermera volvió con una caja algo pesada. Eran sus pertenencias. Ropa sucia y un libro de cuero ennegrecido con unas marcas en relieve que, al verlo, sintió una puntada en la frente que trató de disimular. La médica le indicó que no había documentación de ella entre sus pertenencias, pero con el CUIT que le había dado podría tratar de ubicar a algún conocido o su historia clínica y se retiró junto a la enfermera, dejándola para revisar sus pertenecías. La puntada en la frente crecía y le latían las venas de las sienes. Su cuerpo todavía estaba débil, pero comenzó a hurgar en la caja, sin tocar el libro, la mala sensación que le generaba solo verlo le producía un fuerte rechazo. Entre todas sus cosas, no había más que ropa vieja y llaves. Al tocar las llaves la puntada se hizo más fuerte, al cerrar los ojos, varias imágenes se le aparecieron en la oscuridad. La ciudad destruida, el parque avellaneda y sus alrededores en ruinas, una sombra, y un hombre con una campera roja. Al final, entre la intermitencia de las imágenes que iban y venían, un hombre de traje sin rostro que se acercaba cada vez más a ella. El dolor crecía cada vez más hasta que sintió que alguien le tomaba la mano, el dolor se fue y volvió a abrir los ojos, frente a ella estaba parada una mujer robusta de cabello corto y tatuajes.

-Ey loca, ¿tas bien? – tenía una voz gruesa y rasposa.

-Si, sí- le contestó dubitativa, la reconocía, era la mujer que se encontró en la ruta.

-Me dijeron que te llamás Alexia, yo soy Claudia, ¿te acordás de mí? – le preguntó la mujer mientras veía que sus ojos la inspeccionaban con inquietante interés, -yo te traje, se te apagó la tele ahí namá en la ruta y bue te traje pa’ acá’ y con las preguntas que hacías nada, ¿te gustan las flores? no quería dejarte acá con los zombi’ estos sola- la mujer se notaba algo nerviosa.

-Gracias, Claudia. Estoy mejor, me siento débil pero mejor- alcanzó a contestarle, las puntadas le volvían a la cabeza.

-Genial, mañana vuelvo, pero ahora me tengo que ir que dejé al Charly solo, mi perro, y me va mia toda la casa. Portate bien y comé- la mujer robusta se alejó haciéndole un saludo tierno con la mano, pero ella apenas pudo devolvérselo. Sintió un enorme cansancio en su cuerpo de nuevo y se durmió durante unas horas. En sus sueños, las imágenes le inundaban el pensamiento de nuevo. Cada vez se hacían más vívidas y espeluznantes y se despertaba cada tanto. Al volver a dormirse y soñar, las escenas parecían las mismas, pero a la vez, cambiaban. Generalmente se despertaba en momentos álgidos del sueño. Primero soñó huir de unas sombras y un mar de muertos en un parque con un libro en la mano, en ese sueño llegaba a una estación de subterráneos donde le alcanzaban las sombras, justo en ese momento, se despertaba. Luego soñó estar en una especie de túnel, rodeada de muertos de los cuales huía con el libro en la mano, nuevamente, terminaba alcanzada por las sombras en el subterráneo y volvía despertarse. La tercera vez soñó de nuevo con el túnel, pero esta vez huía sin el libro. Allí aparecía un hombre de traje, un torbellino de fuego y volvía a despertar. La última vez soñó que huía junto a un hombre de campera roja y otro de traje les perseguía, soñaba con fuego y que las sombras la volvían alcanzar dentro de una habitación oscura y volvía a despertarse. Esta última vez, otra médica distinta y la misma enfermera estaban a su lado, se había hecho de noche y la habitación estaba iluminada solamente por una lámpara cerca por encima de su cama. Le traían la cena, nuevamente pollo y puré con gelatina de postre. También unas pastillas.

-Las enfermeras dijeron que estuviste inquieta, esto te va a ayudar a calmar. Estás anémica. Así que con el suero y de a poco vas a ir mejorando. ¿Tuviste algún sueño particular? – la voz era dulce, y parecía una mujer bastante joven.

-Creo que estoy recordando cosas, no estoy segura- contestó con una voz débil, cada vez sentía menos fuerza.

-Bueno, comé y tomá las pastillas y mañana te vas a sentir mejor- le aseguró la médica, la enfermera no parecía igual de convencida. Esta vez se negó a que la ayuden y decidió comer sola, a lo que la enfermera le refunfuñó, pero terminó aceptando. Le desearon las buenas noches y se retiraron. Poco a poco, y con la mayor fuerza posible, fue desmenuzando el pollo y masticando como podía. Tragó todo de a poco dándole miles de vueltas entre sus mandíbulas y ayudándose con el agua le siguieron las pastillas. En la caja de pertenencias, el libro parecía atraerla. Extendió su mano y lo agarró con firmeza, tuvo una sensación de calidez y tranquilidad, pero nuevamente las imágenes la invadieron, volvió a ver al hombre de traje sin rostro y de cuerpo fornido dándole un puñetazo y se durmió.

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<<miércoles 18 de enero de 2017, Mendoza, Argentina>>

Los días habías transcurrido agitados, cada vez recuperaba más y más su fuerza, pero las imágenes la invadían tanto despierta como en sueños. Su cuerpo se entumecía cada vez que terminaba las escenas y le habían dado pastillas para dormir. Sólo se distraía con todos los estudios y ejercicios físicos de rehabilitación, momentos en los cuales las imágenes no la acosaban. Claudia aparecía todos los días en los horarios de visita de la tarde, cruzaban algunas palabras, pero el estado mental que tenía le hacía muy difícil congeniar con aquella mujer. Se había encariñado con ella porque era la única que la visitaba y la distraía, pero en los momentos que las imágenes la acosaban, la situación se ponía tensa y Claudia terminaba llamando a la enfermera y marchándose. Cada hora que pasaba, la ansiedad le ganaba y pedía las pastillas nuevamente. Había sido trasladada hace ya un año a un hospital psiquiátrico municipal. Las pesadillas y visiones la hacían poner violenta y con su estado físico recuperado se había convertido en un peligro por lo que también estaba separada del resto de pacientes de aquel lugar. El Dr. Leiwitz, un hombre de unos casi sesenta años, viejo, arrugado y obeso, la atendía de forma particular y los enfermeros, dos robustos hombres de horrible rostro solían sostenerla cada vez que se desataba un episodio de los suyos. Cada vez que las imágenes volvían a su mente, vociferaba cosas inentendibles, cosas de fantasía. A veces, después de las pastillas, incluso ella misma se angustiaba por las locuras que gritaba, terminaba en un estado depresivo, aislada y acurrucada en un rincón de la habitación. Sin embargo, las cosas no se hacían más fáciles. Claudia la visitaba cada vez con menos frecuencia ya que había cambiado su trabajo y tenía viajes de mayor distancia y cuando volvía a visitarla, su estado mental era tan deplorable que apenas hablaban, ni siquiera le contaba sobre lo que le hacían en aquel hospital. Los hombres robustos habían abusado sexualmente de ella en reiteradas oportunidades, un recuerdo que le quemaba a fuego e intentaba olvidar. Las pastillas no dejaban que reaccionara, en un estado tal que casi ni sentía lo que hacían con su cuerpo, pero las imágenes eran claras. Sabía que la penetraban tanto vaginal como analmente y la obligaban a practicarles sexo oral. Lo sentía todo en su boca y en su estómago al despertar. Sabía que el Dr. Leiwitz participaba también. Sabía que su estado no iba a mejorar nunca allí adentro. Sabía que todo era peor. Sabía que el mundo se había acabado para ella, ahí o en el 2021 de dónde venía. Había sufrido las peores desgracias y vejaciones que jamás había vivido, pero esta vez se había convencido de que actuaría.

A las tres de la tarde, hora de su medicación algo hizo clic en su cerebro. Los enfermeros se retiraron tan solo para volver una hora más tarde, tiempo en el cual la pastilla solía hacer efecto. Junto al Dr. Leiwitz comenzaban a desvestirse para abusar de ella. Uno de los enfermos, el más gordo de todos se acercó para desnudarla, pero el resultado fue otro. Ella tomó la bandeja de acero inoxidable que dejaban en su habitación y le partió la nariz de un fuerte golpe, el hombre cayó al suelo mientras la sangre brotaba salpicando y manchando todo a su paso. El otro enfermero y el doctor se quedaron inmóviles, sorprendidos por la situación. Cuando intentaron reaccionar fue tarde, con la misma bandeja y movimientos bastante ágiles los desmayó, logrando así huir de aquel lugar. En su huida, se encontró con Claudia quien la ayudó a esconderse y pasar desapercibida de aquel lugar. Nadie hizo denuncias.

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<<lunes 23 de enero de 2017, Mendoza, Argentina>>

Durante varios días, vivió sola en una casa que le había pertenecido a la difunta abuela de Claudia en una barriada humilde en los límites de la ciudad de Mendoza. Con la plata que había robado de los enfermeros, el doctor y los víveres que le acercaba Claudia pudo sobrevivir, pero todo el año que vivió en ese infierno la habían cambiado por completo. Su nombre era ahora Alejandra Chávez, oriunda de San Isidro, Buenos Aires. Había estudiado Administración de Empresas, y abandonado la carrera para viajar por el país. Había sufrido un accidente y así fue como se encontró en la ruta con Claudia. Su mente estaba entera, ya no sufría pesadillas ni alucinaciones y había mejorado, Claudia que sin conocer nada de lo que había vivido en aquel hospital, pensó que se había recuperado y se había convencido de que ese era su verdadera identidad y que Alexia, no era más que el producto de su imaginación y de sus traumas. Durante toda la mañana de lunes había intentado buscar trabajo, pero al no tener documento y que fuera difícil corroborar su identidad, todo era más complicado. Además, apenas habían pasado algunos días desde su huida y alguien podría reconocerla en la calle, por lo que trataba de estar poco fuera de casa. Claudia le había insistido que averiguase por su partida de nacimiento y su familia, que pidiera la reposición del documento, pero ella siempre tenía una excusa. El hecho de que su nueva amiga le creyera era más por falta de tiempo y cansancio que por credulidad. Sin embargo, se sentía libre y realizada.  La casa era pequeña, pero resultaba cómoda, nadie la molestaba, nadie le hablaba y las pesadillas y alucinaciones habían dejado de perseguirla. Era de verdad, una persona nueva.

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<<jueves 23 de febrero de 2017, Mendoza, Argentina>>

Paseando por la avenida Arístides Villanueva con Claudia, vio en la puerta de un bar un cartel buscando camarera. Ya había pasado un mes completo y seguía sin conseguir trabajo decente por lo que se había convencido de que probaría suerte como camarera, sin embargo, era temprano todavía, y tenía que volver más tarde. Claudia había sido muy amable con ella, pero este último tiempo, sin dinero y sin trabajo, habían generado fricciones en la amistad y aunque caminaban juntas por la avenida, ninguna se dirigía la palabra. Caminaron a paso lento y evitaban mirarse, pero los reproches volvieron a empezar. Claudia le reprochaba con furia que no tuviera documento y que eso dificultara encontrar trabajo, ella se excusaba de la pésima situación laboral y el ritmo de aquel lugar, nada que ver a su Buenos Aires. Lo que no había esperado, que la relación terminara abruptamente cuando le exigió que le pague alquiler. Entendía como se sentía, estaba manteniendo a una desconocida que había estado un año en un hospital psiquiátrico con problemas de personalidad, pero un mes era poco tiempo para recuperarse y se lo quería hacer entender, pero no hubo suerte. Ambas terminaron aquella tarde yéndose por caminos separados. Al volver sobre su marcha buscando la parada del colectivo para ir a casa, se encontró con el bar abierto y gente adentro. Revisó su bolso y entre el libro de cuero y una navaja, encontró un folio con su último currículo. Su rostro y vestimenta no eran el mejor, lo triste que estaba por la discusión con Claudia no la reflejaban muy atractiva en el vidrio de la puerta, pero se decidió a entrar. El bar todavía estaba cerrado al público, una chica acomodaba las sillas en el salón mientras un joven se acercaba a ella. Pudo observar que ambos la observaban con ojos juiciosos. El muchacho se presentó como Julián, cruzaron pocas palabras de manera cordial y el joven se comprometió a presentar su currículo al dueño del bar, ella se retiró con una sonrisa y tomó el colectivo a casa.

Mientras el sol bajaba y durante su viaje, observaba por la ventanilla del transporte a la gente que caminaba por el centro de la ciudad y por la plaza, había cruzado la peatonal y la gente iba y venía con ese acelerado paso de un día laboral. Absorta en la cotidianeidad del día, se asustó al ver algo que no veía hace tiempo. El corazón se le agitaba en el pecho. Mientras el colectivo avanzaba, vio la figura de un hombre de traje azul y sin rostro sobre en la vereda. Volteó su cabeza para mirar hacia atrás pero no lo volvió a ver. Durante el resto del viaje se sintió agobiada y bastante asustada. Al llegar a la parada más cercana de su casa, corrió las tres cuadras que la separaban de la seguridad de su casa prestada, mirando todo a su alrededor. Se apuró a entrar por la reja de caño redondo y luego la puerta de chapa algo oxidada. Sin encender las luces y en la oscuridad del hogar espió por la rendija de la persiana de madera de sus ventanas. No había nadie allí. La casa no tenía otro piso, ni patio, ni ninguna otra ventana ni puerta más que las del frente. Una vez segura que nadie la seguía, continuó con su vida normal.

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<<viernes 3 de marzo de 2017, Mendoza, Argentina>>

El día no había empezado bien para ella, y las cosas se venían dando bastante bien. Claudia ya no le hablaba más que para cobrarle el alquiler de la casa y ella se la pasaba sola mirando su celular. No tenía televisión ni computadora por lo que después del trabajo y descansar, simplemente se quedaba en casa hablando con su compañera de trabajo. Cruzaban pocas palabras, pero le servía para sentirse viva. Dos días atrás habían vuelto las pesadillas, eran más lúcidas que las anteriores, pero comenzaba a dudar nuevamente de su personalidad. Trataba de distraerse leyendo algún libro o mirando videos en internet. Pero era muy difícil cuando en lugar de ver la casa tal cual estaba ahora, se encontraba en una casa abandonada, sucia y saqueada. Ya no alucinaba historias de su vida futura pasada, sino que las pesadillas o alucinaciones transformaban el aspecto de todo lo que veía. Veía todo en ruinas, destruido, incluso la madrugada anterior, volviendo de su casa había visto a una de sus vecinas que la saludaba convertirse en una especie de cadáver andante. Aunque se asustó, evitó prestarle atención, pero sentía que de nuevo empezaba a perder la cordura.  Tratando de ignorar la situación, poco a poco todo volvía a la normalidad y pudo ducharse y prepararse para salir a trabajar. Guardó el libro de cuero en su bolso y emprendió marcha hacia el bar. Esa misma noche todo parecía marchar de forma cotidiana, al ser viernes el bar estaba lleno de gente y trabajaba casi sin descanso junto a su compañera y las horas se pasaban rápido hasta cierto momento. Mientras atendía una mesa cerca de una ventana con vistas al exterior, vio por el reflejo un movimiento de algo que le pareció extraño. Al mirar por el vidrio, vio una criatura negra y de extremidades largas frente a ella, parpadeó del susto y la sombra se convirtió en un hombre de traje azul y sin rostro que extendía su mano enguantada, al retroceder un poco, sintió una mano apretarle la cola con fuerza, su reacción fue instantánea. Un hombre de cuarenta años y ebrio terminó con la nariz rota y en el suelo, pero no se preocupó ni lo más mínimo por esa situación. Volvió a mirar por la ventana, pero no había nadie allí. De repente el bar se había convertido en un tugurio abandonado sin luz, fue el sacudón de Alberto que la separaba de aquel lugar lo que la trajo de nuevo al mundo real, tiempo después, con intervención de la policía, terminó en la comisaría detenida mientras se tomaban las denuncias correspondientes.

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<<sábado 4 de marzo de 2017, Mendoza, Argentina>>

Mientras esperaba en un cuarto pequeño y caluroso de la comisaría, trataba de distraerse pensando en su compañera de trabajo. Lo poco que hablaban y como se llevaban había empezado a hacerse un espacio en su mente. Le parecía una mujer bastante atractiva de una figura ciertamente hipnotizante para ella, una mujer que a parecía expresar una hermosa libertad y forma de vida con la que ella apenas podría soñar. Eran totalmente distintas, los dos imposibles opuestos. Ella era alta, delgada y rubia, mientras que su compañera era de baja estatura, de caderas más voluminosas y sin cabello. Ella era reservada, algo tímida y aburrida, mientras que su compañera era alegre, extrovertida y alocada. Sin darse cuenta, había caído en la noción de sentirse atraída por su compañera. Pensó que tal vez el tiempo en soledad le estaba afectando y por eso volvía hacia sus alucinaciones y que quizás, si quizás se animara a hablar con ella, a volverse más amigas, eso le haría bien. Distraída en su pensamiento no había podido nunca haberse percatado del hombre de traje azul que la observaba desde la esquina opuesta del cuarto donde se encontraba ella. Fueron sus pesados pasos los que le advirtieron de su presencia, al principio creyó que era una policía, pero cuando se percató, su cuerpo se tensó de tal manera que estaba lista para darle un puñetazo. El hombre de traje avanzó y levantó su mano enguantada para alcanzarla, por un breve instante se transformó en una criatura oscura de extremidades alargadas, luego tomó su forma nuevamente y cuando pareció alcanzarla, no sintió nada, simplemente se desvaneció como vapor frente a sus ojos. Al mismo instante, Alberto, el dueño del bar entraba algo agitado a la habitación.

-Me hubieras dicho que no tenías documento, la policía estaba como loca buscando identificarte, me salís cara pendeja. – la voz gruesa de fumador desprendía un odioso aliento a cigarrillos baratos y Mentitas, pero la había salvado. Ella intentó agradecerle, pero el le aseguró que se lo iría descontando de su sueldo. Alberto, además, terminó por alcanzarla hasta su casa con su lujosa camioneta negra para luego alejarse del barrio a toda velocidad haciendo patinar las enormes ruedas sobre el asfalto, impulsado de seguro por el miedo.

Le costó dormir aquella noche. Al mirar por la ventana, el hombre de traje y sin rostro esperaba frente a su casa, vigilando. Se había puesto tan tensa, que intentó pensar en otras cosas, pensó en su compañera de nuevo, sintió un calor en el pecho y una leve sonrisa se le dibujó en el rostro, poco a poco se fue relajando y acomodándose en su cama, jugando con su mente y su cuerpo logró dormirse. Horas más tarde, ya cerca del horario de entrada a trabajar, se hizo un desayuno-almuerzo con algo de jamón, huevo y tostadas que acompaño con café, se dio una ducha y salió. Al salir del portón, se frenó unos instantes al ver nuevamente al hombre de traje, a plena luz del día, observándola. Intentó ignorarlo por completo y se fue hacia la parada del colectivo. Esta vez no llevaba el libro en su bolso, por alguna extraña razón se lo había olvidado por primera vez. Pero intentaba sacar de su pensamiento todas esas cosas, cada tanto observaba hacia atrás sobre sus hombros, pero el hombre de traje seguía allí donde lo había visto, inmóvil y cada vez más lejos hasta desvanecerse, cuando volvió la mirada se encontró con el de frente, el susto la hizo caer sentada sobre el suelo. Al mirar nuevamente, se percató de que en realidad era un vecino que, por caminar distraído con el celular, y ella a su espaldas, casi chocan entre sí. Después de una seguidilla de insultos, el muchacho continuó su camino sin prestarle atención ni ayudarla a levantarse, por lo que tuvo que hacerlo de un salto al ver que su transporte se acercaba. Al bajar del colectivo justo frente al bar, se encontró con su compañera y los bomberos. Había habido un incendio en la cocina por un cortocircuito del cableado del lugar y tuvieron que cerrarlo. Por un lado, se había quedado contenta de que podría descansar aquel día, pero tenía miedo de volver a casa, pero de forma inesperada su compañera la invitó a una fiesta. Si bien intentó contener su alegría, respondió de forma positiva casi a las apuradas, y conversando un poco sobre la situación de la noche anterior, lograron romper un poco el hielo entre ambas. Con una sonrisa de oreja a oreja, volvió a su casa sin mirar ni pensar en el hombre de traje que seguía allí. Las horas transcurrieron con cierta rapidez hasta que su compañera apareció con su auto frente a su casa. Ambas salieron aquella noche a una fiesta en la cual, sin darse cuenta, el alcohol la dejó tendida en una cama.

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<<jueves 13 de abril de 2017, Mendoza, Argentina>>

Había pasado más de un mes de aquella noche y su acercamiento con su compañera fue cambiando rotundamente los aspectos de su vida, tenían una relación amorosa formal en la cual ella sentía mucho cariño y se sentía por primera vez amada e importante para alguien más. Sin embargo, todo este amor y cariño comenzaban a develar en ella secretos oscuros guardados en lo más recóndito de su memoria que esperaban ser liberados. Su compañera no solo era buena con ella sino, además, muy abierta, le había compartido su historia de vida, sus emociones, sus dolores, todo. Sin embargo, ella no podía contar nada, las palabras o los recuerdos se habían vuelto tan confusos, tan distantes y ajenos, que las experiencias de su vida comenzaban a mezclarse en una vorágine de situaciones inexplicables. Para colmo, aunque intentaba ignorar la situación por completo, siempre, siempre, en la vereda de en frente y en sus sueños, el hombre de traje azul sin rostro. Día tras día, aunque no eran malos días, sino que totalmente lo contrario, terminaban en sueños y situaciones de su vida pasada que la atormentaban. Había vuelto a revivir el fatídico año en el hospital psiquiátrico, pero no solo eso. Revivió, o creyó revivir, escenas de una vida pasada, pero que todavía no había sucedido, era confuso, pero siempre el calendario marcaba el año 2021 al final. Se vio morir descuartizada por criaturas de las peores pesadillas, se vio suicidarse en una garita de seguridad, se vio caer en un torbellino de fuego con gente que no lograba recordar o sola, se vio rodeada de sombras, muertos, vivos, sangre, criaturas de los más oscuras mitologías Lovecraftianas. Y aunque día a día intentaba no enloquecer y disimular frente a su pareja, sabía que estaba perdiendo esa batalla. Cada vez con mayor frecuencia las imágenes de la vida real se mezclaban con la fantasía post apocalíptica. Cada vez más, el hombre de traje de azul parecía real y debía intentarlo. Debía buscar una respuesta, la relación que había conseguido con su compañera no podía destruirse, la necesitaba, necesitaba a aquella mujer libre, enérgica y risueña que le había llenado por primera vez el corazón y el cuerpo de algo que no fuera odio y violencia. Durante aquel primer mes de relación, su compañera la había impulsado cada vez a sentirse mejor, había intentado esta vez, averiguar su verdadera identidad con la policía y el registro civil, pero sus datos no aparecían en ningún lado, no existía ninguna Alejandra Chávez con ese documento, oriunda de San Isidro, tampoco su padre, ni madre. Nadie. En su cabeza, además, resonaba otro nombre, otra identidad, otra ella. No podía mantener una relación con nadie, si no resolvía primero sus problemas internos, debía tomar una drástica decisión y debía hacerlo de inmediato.

Entrada la noche, asomó su cabeza por la ventana y observó claramente al hombre de traje sin rostro frente a su casa. Decidida, salió con la navaja en el bolsillo y se acercó hasta él. Era distinto a como solía recordarlo ahora que lo tenía cerca, ya no era un hombre fornido de hombros anchos y de horrible mueca apenas visible en su difuso rostro de sombras, sino que era delgado, alto y de extremidades largas, la mueca visible era más parecida a una sonrisa espeluznante. Pudo distinguir como la sonrisa se ensanchaba con maliciosa intención, creyó ver un horribles dientes, pero las formas eran tan extrañas, que no lograba asimilar una forma conocida. El hombre de traje intentó extender su mano hasta ella, pero sacó su navaja amenazante y lo detuvo.

– ¿Quién eres y qué quieres de mí? – preguntó con la voz temblorosa.

-Soy un Observador- escuchó en su cabeza, la voz parecía más de una, como un coro con eco metálico y monótono.

-Si, veo que observás mucho, ¿qué mierda querés y por qué me observás a mí? – intentó sonar valiente y furiosa, pero la voz la desconcertaba.

-Sos la Trotamundos. Queremos observa que sucede en el mundo- ya había escuchado esa palabra antes, en el futuro, en el pasado, o donde ya no tenía sentido.

– ¿Trotamundos? ¿y eso qué es? –

-Es lo que es y lo que sos. Primero, vamos a tu casa. – antes de que pudiera reaccionar, el hombre apoyó su mano en el hombro, esta vez no se desvaneció en vapor, sino que ella sintió desvanecerse, sin darse cuenta, estaban dentro de su casa.

– ¿Qué carajos pasó? –

-Tomá el libro-

– ¡Agarralo vos! –

-No podemos-

-Está bien, pero no entiendo qué…-antes de que pudiera terminar la frase, con el libro en la mano, todo se volvió oscuridad y luz a la vez, una luz tan potente que tuvo que cerrar los ojos. Poco a poco la luz fue cediendo y las sombras empezaron a dibujarse a su alrededor, empezó a entrar en pánico y sacó su navaja tratando de alejar las sombras hasta que se percató que no eran las mismas sombras que había visto alguna vez en su cabeza, sino que eran espejos. Ya no estaba en su casa, se encontraba ahora en un lugar totalmente blanco e inmenso lleno de espejos de varias formas y con variados marcos adornados de madera, hierro y otros materiales. En uno de los espejos frente a ella, en lugar de reflejarse ella como en el resto, se encontraba la habitación de su casa. Parado frente al mismo, estaba el hombre delgado de traje, pero esta vez, si tenía rostro. El rostro era casi piel y huesos, de forma alargada. La piel era de un blanco con un tenue brillo azul, los ojos eran totalmente blancos y hundidos en sus cuencas de negro absoluto, con una nariz recta y una sonrisa horrible.

-Bienvenida Alexia- la boca no se movía, pero la voz resonaba en su cabeza, ya no eran varías sino una, pero seguía siendo igual de monótona y con el mismo eco metálico. El nombre Alexia penetró en su alma con la fuerza de un tren a toda velocidad. Alexia, era su nombre. Lo recordaba de nuevo.

-Alexia, sí. Ese es mi nombre. Pero ¿dónde estamos? – preguntó obnubilada por la situación. Los recuerdos volvían a su mente como una cascada, pero estaban ordenados y tenían sentido. Ya no parecían alucinaciones, ya no moría en las manos de criaturas horrendas.

-Este es el Observatorio, o así lo llamamos. Un lugar fuera del tiempo y espacio como lo conocés. Desde aquí los Observadores nos movemos y vigilamos el universo. Todo lo que sucede, sucedió o sucederá está aquí y desde aquí lo observamos. Todas las vidas, todos los mundos, todos los tiempos. La realidad misma que se conjuga en el universo nos es accesible desde aquí, y por orden del Argión, observamos, nos movemos e informamos.

– ¿Del qué? No entiendo de que hablas-

-El Argión es todo, y todo es el Argión. Ustedes le llaman Dios, nosotros Argión-

-Bueno, digamos que te creo, ¿y yo que tengo que ver acá y con este libro? –

-El libro es como estos espejos. Una puerta de entrada y de salida para las personas capaces de leerlo. Sólo nosotros los observadores, creados por voluntad de Argión podemos movernos entre los espejos. Pero, además, no podemos existir fuera del observatorio. Hace mucho tiempo alguien creó el Trotamundos para poder hacer lo que hacemos nosotros, movernos entre el tiempo y el espacio, movernos entre las realidades y así ver más allá. El Trotamundos no es un libro, es una herramienta que toma la forma conocida por aquellos que lo intentan utilizar.

-Si ustedes no pueden existir, ¿por qué los pude ver?, ¿por qué los pude sentir? – su pasado futuro se había completado en su mente. Recordó todo lo que había vivido hasta llegar a Mendoza. Su cuerpo se había puesto tenso, había vuelto a ser la persona fuerte y solitaria que había sido. Ya no era una personalidad alterna creada para esconder y olvidar todo lo que había pasado. Estaba decidida a entender lo que vivía.

-No lo sabemos, vos y aquellos que están cerca de vos terminan teniendo la capacidad o la influencia para ver más allá del velo, nos ven a través del espejo que usamos para verlos a ustedes. Es por esto mismo Alexia, que te observamos especialmente a vos. Muchas incógnitas te rodean, y no hay tiempo para seguir con conversaciones banales. – un espejo se resquebrajó y al segundo, su cristal estalló en miles de pedazos, la explosión la sorprendió, pero aquel extraño observador parecía inmutarse.

-Una de tus vidas se hizo presente en tu mente hoy, aferrate a ella y buscá a la persona que te acercó al libro. La realidad parece depender particularmente de vos. – Varios espejos más estallaron, y otros cientos comenzaron a seguir el mismo destino. El ruido comenzaba a volverse ensordecedor.

-No entiendo a qué te referís. ¿Qué tiene que ver Gabriel en todo esto? – el espejo a sus espaldas reventó, intentó cubrirse de las esquirlas de vidrio, pero en ese momento el observador la tomó de la mano y la lanzó hacia el espejo que mostraba su habitación, justo en el momento que comenzaba a quebrarse. Cerró los ojos instintivamente y terminó en el duro suelo de cerámica de su casa, con el libro en mano y sola. Atónita por la situación, en su cabeza comenzaron a desdibujarse sus imágenes y recuerdos, otra vez volvía a enloquecer. Intentó concentrarse lo más que pudo en los recuerdos que sintió propios en el Observatorio, intentó aferrarse a su identidad y al libro. Más pronto que tarde, logró ver con claridad su camino. Recordó a Gabriel de los Santos, el hombre que preguntó por el libro y le dijo que lo leyera. El que dio su vida para que ella terminara allí en el 2016. Algo importante había sobre aquella fecha, pero era algo que no había llegado a comprender todavía. Sabía que suerte estaba atada a Gabriel y que, si el 2016 era algo importante, ya había perdido demasiado tiempo allí en Mendoza, debía recuperar el tiempo perdido, así como había recuperado su identidad. Algo que ya nadie podría quitarle, su nombre y su destino. Pero primero, debía hablar esto con su compañera. Sabía que ella la entendería, Alexia sabía que Lucía era también parte de su destino.

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En aquella habitación oscura el espejo se reventó en mil pedazos. La oscuridad del lugar cedió a una luz tenue de color verde. Cerca del marco del espejo, un hombre con traje azul, de hombros anchos, rostro blanco con un leve brillo violáceo y de ojos blancos hundidos en unas cuencas negras se acercaba hacia un enorme trono de hierro con miles de tubos de acero y cables conectados. La figura de una mujer desnuda y delgada se sentaba en él. Los millones de cables y tubos se desprendían de su cuerpo, desde su cabeza hasta sus pies de forma tal que parecían cabellos artificiales. Su voz resonó en la habitación con un tono artificial.

-El colapso de la realidad es inminente.

El hombre de traje asintió con vehemencia.