Andy 3

Cuentos de Argión 2

Andy 3

Gabriel se despertó agobiado otra vez a causa de las pesadillas que le aquejaban hace varias noches, recuerdos siniestros de cosas que no deseaba haber vivido ni experimentado. Tendido sobre la cama en su departamento en San Telmo, recordó con temor aquello que le sucedió en uno de sus largos viajes por el viejo continente. La baja médica de la policía hace algunos años, le habían dado dinero y tiempo suficiente para hacer lo que quisiera, por lo que decidió viajar y recorrer el mundo. Recorrió Europa, Asia y África. Visitó variadas ciudades; desde Barcelona, Florencia, Berlín y Ámsterdam, hasta Yemen, Irán, Siria y Egipto. Pero, fue en su último recorrido por alguno de los lugares perdidos de España, que se encontró cara a cara con lo inesperado. Viajando como mochilero despreocupado por los campos de Pontevedra, se encontró a un lado del camino a una pequeña sociedad de gitanos que acampaban por allí con sus grandes casas rodantes, carros, y enormes tiendas y tolderías. Los gitanos se presentaron ante él como la familia Bavol.

Bavol era el nombre del padre de familia, el Patriarca, y quien le había dado la bienvenida al campamento. Un hombre fornido, de ojos azules, respetado y muy sabio, de una edad cercana a los sesenta inviernos. Conocía mucho del mundo, y el mundo parecía conocerlo a él, vestía una campera de cuero de gamuza sobre su camisa blanca, unos jeans viejos y los borcegos de charol adornados con tachas. Tenía el cabello de color gris, rizado y largo hasta los hombros, llevaba además un pendiente de bronce en su oreja izquierda, un colgante brillante y muchos anillos en sus enormes y anudadas manos. Bavol estaba casado con Jovanka. Una mujer hermosa de cabellos negros y ondulados apenas marcados por un mechón largo y gris, demasiado joven en comparación. Cincuenta inviernos, ¿quizás? De piel trigueña brillante y un rostro dulce con ojos de un color almendra penetrantes. Tenía el vientre hinchado esperando dar a luz a un nuevo gitano, era la mujer de los hechizos, la bruja del campamento. Solía ir con una camisa azul suelta, una larga falda negra y un largo y pesado poncho de lana. A ambos le siguen su hijo Vadoma, el mayor, muy parecido a su padre en rostro y aspecto, pero joven, de unos treinta años quizás, el cabello un largo y oscuro como la noche. Usaba siempre una campera de jean gastado, debajo, una remera vieja, negra y desgastada de una banda de rock que apenas se llegaba a distinguir, los jeans rotos en las rodillas y calzado urbano. Llevaba las muñecas adornadas por enormes y brillantes brazaletes de plata, bronce y chapa pintada en oro y las manos cubiertas con guantes de algodón con la punta de los dedos cortadas. Es el cazador que procura los alimentos (o el cuatrero que los roba de los campos). Le sigue Fifika, la del medio, de piel y rostros como los de su madre, pero con los ojos azules de su padre, cinco años menor que Vadoma, de hermosa figura curvilínea, de caderas anchas y pechos abundantes escondidos debajo de un largo vestido beige con bordados de flores y distintas costuras caseras, el cabello largo recogido en una cola de caballo, dejando dos mechones sueltos caer sobre su rostro de facciones casi perfectas, de nariz respingada y labios gruesos. Ella es la que lee la fortuna, cocina, lava y remienda la ropa de su familia. Y, finalmente, Cappi, el menor. Un chicuelo bastante activo de ocho años, de cabello más castaño, ojos almendra como los de su madre y una marca de nacimiento debajo del ojo, como un parche en el pómulo derecho. Llevaba un buzo de algodón azulo oscuro y debajo una remera más larga que él, pantalones cortos de algodón remendado con unas zapatillas viejas, iguales a la de su hermano. También, en el campamento se encontró con Javi, hermano menor de Bavol y su esposa Sounya. Javi a diferencia de su hermano, tenía cabellos más bien ceniza, de piel más bien rosada y ojos marrones, llevaba un piloto largo y gastado de color grisáceo, por debajo una camisa de jean y un pantalón de cuero con unas botas texanas de cuero gastado y sucio, igual que su hermano tenía un pendiente en su oreja izquierda y variados adornos y alhajas. Sounya era una mujer delgada, muy blanca y de cabellos rubios, con nariz de gancho, era casi tan alta como Vadoma, que era el más alto de todos, con casi metro noventa de altura, solía vestir un largo vestido bordó, de tejido fino en blanco y negro, con un enorme tapado de piel. Estos dos estaban acompañados por todos sus hijos, diez en total, todos varones y de las más variadas edades, de los cuales a él le costó mucho recordar a todos sus nombres y aspectos, no podía identificarlos, excepto por el mayor, Julio, era un año más chico que Vadoma, delgado y rubio como su madre, de piel lechosa y cabello tan fino y corto que apenas si se le notaba, siempre vestido con una campera decuero negra, bufanda de color rojo y una remera blanca, tan sucia que era amarilla, pantalones tipo cargo y borcegos. Nada especial en su cara excepto, unas voluminosas cejas rubias y la nariz de su mare. También estaba el viejo Atilio, tío de Bavol y Javi. Un anciano amargado que contaba los cuentos de terror más espeluznantes y reales que jamás haya oído, de cuerpo largo, algo encorvado. Con su sombrero de paja, su pipa de caña larga. El poncho de lana marrón gastado, bombacha y zapatos de cueros. Con rostro de espanto, un ojo de vidrio y otro negro escondido debajo de unas pobladas cejas. El lado izquierdo de su rostro estaba caído por un accidente cerebral que había tenido, o como decía él, porque el demonio se le había metido adentro. La barba larga y blanca hasta el pecho. Javi, Vadoma y Sounya eran los músicos del campamento, Javi tocaba el violín como un maestro, Vadoma rasgaba con sus uñas la guitarra española de su padre y Sounya con una bella y labrada flauta le daba armonía a la composición. Bavol y Atilio eran los que, con la música, improvisaban cuentos o canciones. Sus voces graves y roncas resonaban en el descampado, y a veces Jovanka y Fifika las adornaban con sus dulces voces gitanas. Gabriel no podía dejar de sentirse maravillado por aquella numerosa y pintoresca familia gitana, dedicando su atención absoluta a la familia de Bavol, más que a la de Javi. Y, con especial interés hacia Fifika. Pero no todos eran tan alegres y amenos, a lo lejos en una casa rodante repleta de adornos en orfebrería variada y exótica, estaba el miembro más antiguo de la familia, la vieja Jayah, madre de Bavol y hermana de Atilio. Durante las presentaciones Bavol la nombró señalando su casa distante: “Allí vive la matriarca Jayah, mi santa madre y la más anciana de todos. Pero no se le puede molestar ni visitar”. Algo que le llamó la atención por un momento, fue como todos al oír el nombre de la anciana, inmediatamente cambiaron sus rostros por unos que parecían carente de vida, grises, de ojos apagados, con sus cuerpos inmóviles y brazos caídos. Él era un hombre muy curioso, y le interesaba conocer todas las historias posibles, saber de la existencia de una mujer más vieja que Atilio, le llamaba mucho la atención. La cantidad de historias, cuentos y vivencias que podía contar, no sólo era eso, sino, además, el hecho de estar recluida y alejada le generaban una intriga particular. Nadie parecía si quiera pasar cerca de su casa al menos que fuera estrictamente necesario para mudarse o buscar algo. Pero no insistió, buscaba un lugar para descansar de su viaje, y además, quería conocer la cultura gitana, por lo que aceptó la invitación de Bavol de unirse a ellos. Pensó que sería por al menos aquella noche, pero inesperadamente la familia de Gitanos lo recibieron como si fuera uno más de ellos. A tal punto fue el recibimiento, que terminó quedándose más de lo que pensaba. Le dieron hospedaje y alimento durante varios días en los que bailó, bebió y convivió con ellos las experiencias más divertidas y enriquecedoras de sus viajes. Les tomó fotos, les contó su historia, sus miedos y sus deseos. Ellos, en cambio, le contaron cuentos, historias y leyendas. Cuentos de amor, de guerra, de desencanto y de terror. Le leyeron fortuna, le trabajaron el alma y lo bendijeron con hechizos antiguos para su buena fortuna. Todo de buena voluntad, sin pedir nada a cambio y sin intenciones ocultas. Algunos días ayudaba a las mujeres con los quehaceres y otros días a los hombres a buscar leña para el fuego, a pescar a la vera de un río cercano o a cazar algún ave silvestre. Durante las salidas “a cazar”, o robar, según el día y el lugar, Gabriel iba con Vadoma y Julio. Vadoma usaba un viejo revolver largo de tambor con seis balas para cazar, que él pudo reconocer como un Colt Python .357 bastante antiguo, el segundo un increíble m1 Garand de la segunda guerra bien cuidado. Cada tanto el joven gitano le permitía usar su revolver, a sabiendas que era un hombre de la policía y que sabía usar armas. No se olvidaba de sus días con el uniforme, manejaba el arma con destreza y sorprendente puntería, pero Vadoma le superaba y no dejaba de hacerlo notar. El joven también llevaba un Shashka, un viejo sable ruso/cosaco que habría encontrado o robado, y lo usaba a veces para practicar o cortar maleza. Atilio había sabido ser herrero y mantenía la hoja en impecables condiciones y él, lo cuidaba lo necesario.

Los días de Gabriel se fueron pasando del verano al otoño como si nada, como un gitano más, viviendo de la naturaleza, de lo ajeno o de las manualidades. Aunque no siemprese sentía tan bien. Algunos días algunas extrañas pesadilla le acosaban. Algunas noches soñaba como la Guardia Civil española llegaba al campamento y Bavol moría de un disparo entre sus brazos, otra noche soñaba encontrarse en el suelo, entre el césped y el barro y Jovanka yacía muerta con el vientre abierto de par en par, y algunas otras, a los Cappi ahogado en el río. Al día siguiente de cada pesadilla, solía sentirse cansado, agobiado. Pero, lograba reponerse y seguir el día a día en el campamento. De tanto en tanto, ayudaba a Javi y Julio con alguna orfebrería reciclada para vender en las ferias de los pueblos cercanos o a Fifika a hacer algunas muñequeras en macramé. Intentaba cortejar y acercarse a la joven dama, tratando de caer en su gracia. Era la única mujer cercana a su edad, y realmente le parecía perfecta, la mujer de sus sueños. Los ojos azules brillantes, la mirada tierna y cálida, los labios gruesos de terciopelo, el cuerpo de una diosa. Ni si quiera con ese comportamiento tan obvio, había recibido nunca reproches o retos de parte de la familia, ni del patriarca. Sin darse cuenta, era un gitano más, y el resto así lo hacía sentir, sin demandas ni reproches, solo una regla. Una regla inquebrantable, la consigna de vida o muerte en aquel campamento gitano, que solo supo entender después.

Fue una noche de finales de otoño, durante una reunión frente a la hoguera en el centro del campamento que Bavol, quien como nunca durante su estadía, lo levantara en peso allí mismo, con tono severo y mirada fría: “A doña Jayah no la habéis de molestar ¿vale chaval?” le dijo con su voz ronca de bohemio. Durante toda su estadía allí, a pesar de vivir una vida despreocupada, su intriga por la vieja Jayah no había desaparecido, de hecho, todo lo contrario. Durante varios días, observó con detenimiento como realmente nadie se acercaba. A punto tal que no recordaba haber visto todavía un ápice de su existencia, y ni siquiera, que alguien se hubiera cercado a dejarle alimento o bebida. Pero después del reto de Bavol, el silencio de penumbra que reinó en el campamento fue peor, los exóticos y caseros instrumentos dejaron de sonar, nadie bailó ni dijo más nada por al menos un minuto. Ni siquiera los más chicos. Le recordó a la primera vez que la nombró, la escena fue idéntica, rostros grises, detenidos en el tiempo. Poco después, todo volvió al jolgorio y la animosidad que los caracterizara como si nada hubiera ocurrido. Esa misma noche, recordó que no pudo conciliar sueño invadido por la curiosidad que crecía en él sobre Jayah y como el campamento se enmudeció ante el grito del Patriarca. Esas caras largas y petrificadas, casi le pareció que todos se hubieran muerto por un instante allí. Una intriga poderosa le crecía con fervor en la cabeza, apenas apaciguada por el calor y la dureza que sentía en su entrepierna al pensar en Fifika. Sólo pensar en aquella joven dulce de ojos azules, y cuerpo exuberante, calmaban cualquier pensamiento rebelde, pero despertaban otros más pasionales, carnales y obscenos que al final de cuentas le ayudaban a dormir, esperando soñar con ella. Ni siquiera le importaban los ronquidos estruendosos de Vadoma con quien compartía casa, sólo pensar en ella, así dormía todas sus noches. Pero siempre las pesadillas.

Durante varios días, todo continuó en una cotidiana rutina de momentos de trabajo, mudanza y celebración. Como buenos gitanos, que ciertos días se mudaban ya que a veces debían alejarse de donde acampaban para evitar a las autoridades locales, o la denuncia y persecución de algunos dueños de quintas y campos que invadían para vivir. Por suerte aquella zona era bastante rural, amplia y con paisajes variados desde grandes arboledas recorridas por tranquilos ríos, hasta grandes descampados y claros. Durante una de las mudanzas se le ocurrió aprovechar un poco la confianza y el cariño que Julio le había tomado para intercambiar lugares con él y ayudar a Javi y Vadoma a preparar la casa rodante de Jayah. De esa forma por lo menos podría tener la oportunidad de verla, aunque sea por un segundo. Era la casa más grande e incómoda de mover, tenía una sola puerta de entrada y una sola ventana descubierta, las ruedas eran viejas y pesadas. En general acomodaban algunas cosas de afuera en cajones para poder subirlas a otra casa y arrastrarla con la única camioneta F100 del ’83 que tenían. El resto, todo a fuerza de sangre de algunos caballos y ellos mismos. Mientras acomodaba algunas telas para guardarlas en un cajón, se acercó con disimulo hacia la ventana de la casa, aprovechando que Javi y Vadoma estaban distraídos. Dejó un rollo de tela a un costado y levantó la mirada a hacia el pequeño ventanal. Detrás de los vidrios sucios, alcanzó a ver a la anciana. Una figura de espanto. No le pareció humana del todo. Quiso acercarse más, cuando uno de los ojos, el único de color azul le clavó la mirada, creyó ver unos dientes moverse y oírlos centellear, la vista fue tan repentina y macabra que le hizo retroceder dos pasos, tropezarse y caer hacia atrás. Javi que había visto solo la caída se río de él, pensando que sólo se había tropezado. Después de reponerse y reprocharle su actitud al gitano, Gabriel decidió no decir lo que había visto e intento a ver hacia la ventana de nuevo, pero ya no había nadie allí. Sólo sombras. Intentó darle una forma más amable a lo que había visto, pero no la encontraba. Un ojo azul, un ojo ciego, arrugas como surcos en una montaña de piel gris, como muerta. La nariz larga y de gancho. Todavía transpiraba del miedo. Fue Jovanka que, mientras se quejaba de los dolores de cintura, se acercó para hablarle. “Habéis visto a Jayah, ¿verdad? Hoy es una anciana vieja, recluída y probablemente sufra de demencia senil. Ha sabido ser la bruja de la familia, antes. Coño que era hermosa la tía, yo he aprendido de ella lo que se. Que te has cagao con su imagen, mi cielo. Pero de verdad era hermosa, mirad esta foto que llevo aquí, ¿a puesto que si, vale?” Llevaba una vieja foto revelada hace quien sabe cuánto tiempo, algo descolorida y amarillenta, pero la mujer allí retratada era realmente hermosa. Tenía los cabellos largos y ondulados, los ojos azules se habían decolorado a celeste, tenía en el cabello un broche con forma de rosa y pañuelo probablemente de seda, de un color borravino, o quizás bordó, desteñido por el tiempo, una camisa blanca suelta, unos pechos abundantes que se asomaban por un escote abierto, decorado de cadenas y alhajas de variados materiales. Las manos sobre sus piernas, de uñas largas bien cuidadas y adronadas también, la falda larga y amplia de un color similar a su pañuelo y aun lado en el suelo, un joven Bavol desnudo, tirando de la falda con su pequeña mano. “Fifika”, pensó él por un momento. Eran muy parecidas. Los ojos azules y tiernos, idénticos. “¿Habéis visto lo maja que estaba la vieja? Bueno, vale, esto no lo habéis visto ni oído de mí. Bavol no quiere que nadie se acerque a ella. Está muy mal, pero también es bruja. Nunca se sabe.” Le continuó contando Jovanka. “¿Te recuerda a alguien verdad? Pues pobre de ti mhijo, ya estás condenado…”. Simplemente le sonrió, pensó que le hablaba en broma en su rol de madre por el interés sexual y amoroso hacia Fifika, pero fue soló años después que entendió lo equivocado que estaba.

Mientras se mudaban a lo largo de las praderas de Pontevedra, lejos de los dueños de los campos que amenazaban con echarlos a fuerza de palos y balazos, su intriga por conocer las historias de Jayah crecían cada vez más, ayudaba cerca de su casa, espiaba cada tanto, pero no la había visto de nuevo durante varios días, por lo que se dedicó a acercarse a Fifika. La joven no era tonta y entendía sus intenciones, pero de igual forma hablaban con cordialidad y respeto, Javi bromeaba con el de tanto en tanto para que tenga cuidado con Bavol, o le terminaría cortando la “polla”. Pero no tenía miedo a un viejo padre celoso, era adulto, estaba entrenado y sabía defenderse. Para acercarse a la joven, intentó hablarle sobre cosas de su país y ciudad natal, le habló de su trabajo. Especialmente de su madre, la única familia que había tenido y como sintió su partida cuando enfermó de cáncer, pero nada generaba la intimidad que esperaba. Intentó cambiar de tema, quiso saciar su intriga sobre Jayah y, le contó que había logrado apenas verla y que le interesaba saber más sobre ella. ¿Por qué vivía tan recluída, alejada, y qué le había sucedido en el ojo? Pero a Fifika no le agrada mucho el tema, solía ponerse tensa, nerviosa y lo evadía alejándose, a diferencia del resto, había notado que era la única que no se petrificaba al oír el nombre. Pero, conforme pasó el tiempo, algunas historias o cuentos que su madre y su tío Atilio le habían contado se le deslizaban. Nada fuera de lo común, eran las historias de una mujer gitana más.

Las semanas discurrieron con la cotidianeidad de la vida gitana, que de cotidiana tiene poco, pero para ellos, tan nómades y acostumbrados, era casi una rutina. Se movían de aquí hacia allí, se peleaban con la ley y algunos días de feria iban hacia alguna ciudad o pueblo chico que les quedara cerca para vender chucherías y artesanías. Gabriel había aprendido a hacer sus propias pulseras y adornos en metales de una calidad bastante precaria, pero que a los pequeños parecían gustarles y los podía vender para aportar a la causa gitana. Todo esto, a pesar de que con el cobro de su retiro podía vivir y ayudar sin problemas. Pero, se entretenía con Fifika haciendo las pulseras a las que Jovanka le hiciera hechizos rituales para la fortuna, el amor y esas cosas. No creía en magia ni adivinanzas, y jamás había visto cumplirse o sentir algo especial de las fortunas leídas durante su vivencia con la familia Bavol, pero le divertía mucho aprender y entender sus costumbres. Ya no recordaba exactamente cuánto tiempo llevaba con ellos, quizás dos meses, calculaba, porque se estaba terminando el otoño y se acercaba el invierno. Algunos días solía despertar absolutamente cansado, le echaba culpa al alcohol que a veces bebía con Vadoma cuando le enseñaba algo de esgrima a lo gitano con su sable. Los días comenzaban a enfriarse rápidamente y eso requería calentar el cuerpo con pieles, abrigo, ejercicio y aguardiante. Pero, el solisticio de invierno era importante, por lo que no prestaba atención a su cansancio. El solsticio significaba que el campamento gitano entraba en un largo período de fiestas nocturnas, rituales paganos, adivinanzas, fortunas y demás. Recordaba, que algunos días y cada vez más frecuentemente sobre aquella fecha, Fifika desaparecía del campamento y no la veía durante todo el día, y durante las noches tampoco recordaba verla lejos de la hoguera, ni cuando se retiraba a dormir. El tiempo pasaba y el cada vez tenía menos ganas de irse y regresar a su viejo departamento en buenos aires, menos aún en estas fechas festivas. Además, no había nadie que lo esperara ni nadie que lo necesitara allí en Buenos Aires. Su vida era bastante solitaria desde que se retiró de la fuerza. Un retiro temprano y no voluntario. Hacía tres años atrás, Gabriel había recibido un impacto de una bala desviada en la rodilla, mientras se enfrentaba en un tiroteo a dos delincuentes que habían robado una casa, uno de los delincuentes, al encontrarlo herido, lo apaleó bastante duro en el suelo a fuerza de patadas y golpes con el mango de su pistola. Tuvo suerte, ambos delincuentes se habían quedado sin balas, un corrió y el otro simplemente decidió golpearlo, hasta que otro policía apareció y lo abatió de un disparo que dio directo en el corazón. La ambulancia llegó tiempo después y luego de una cirugía, tres semanas de terapia intensiva y mucha suerte, sobrevivió. Tuvo que someterse a cirugías posteriores en su rodilla y a tratamientos psiquiátricos, también a rehabilitación. Fueron ocho largos meses de licencia médica. Finalmente, en un lluvioso y frío día de agosto, le dieron el retiro temprano. El mismo día que cumplía los treinta años de edad y diez de servicio. A pesar de los largos tratamientos, solían dolerle mucho los huesos, mucho más la rodilla izquierda donde había recibido el disparo, en menor grado, también el hombro derecho y el pecho. Durante las primeras semanas con la familia gitana, el dolor no le había aquejado a pesar del frío otoño y comienzo de invierno que vivió. Pero si, siempre se sintió cansado o agobiado por las mañanas.

Pero, los dolores y el cansancio empeoraron justo el primer día de festividad, después de una charla con el viejo Atilio en una taberna perdida y una esperada noche. Aquel día habían tenido buena venta en la fiera, por lo que Atilio decidió regalarles a los muchachos unos tragos en una taberna sobre el camino, relativamente cerca del campamento. Vadoma y su primo Julio, se dispusieron inmediatamente en la barra a beber e intentaban flirtear con la moza que atendía, una bella dama de pueblo. La taberna era un salón pequeño con no más de seis mesas de madera redonda con cuatro o cinco clientes en total, aparte de ellos. Todos, sumidos en sus propios problemas, comiendo o bebiendo sin hablar, ni siquiera entre ellos, con rostros largos y lúgubres. El presunto dueño del lugar, el hombre gordo de cara grasosa y calva reluciente detrás de la barra limpiaba constantemente los vasos y jarras con un trapo sucio. Llevaba un delantal de cuero gastado y mugriento y una camisa gris con las aureolas de transpiración debajo del sobaco. La dama llevaba un vestido viejo, de un amarillo descolorido y unas botas de cuero, con un delantal blanco bastante sucio, pero el rostro trigueño, con pecas sobre la nariz respingada y los ojos y el cabello negros como la noche, tenían una belleza peculiar, oculta entre ropas viejas. En una de las mesas, escondida en un rincón, Atilio y él degustaban unas fetas de jamón y queso artesanal hechos en la taberna por su calvo dueño. Tenían también una jarra de vino mistela que parecía vaciarse con vertiginosa velocidad.

“Escucha chaval, ya estás perdío”- recordó Gabriel que le dijo Atilio con tono lúgubre. También recordó como la tenue iluminación de lámparas de aceite de la taberna parecía oscurecerse de pronto, y sentir el frío colarse en la habitación. Sin poder replicar la frase, Atilio continuó su sermón con su voz gruesa.

“La’ mujere’ no son la’ única que ven y adivinan, chaval. Yo veo, y veo má’ que mucho. La vieja bruja y la dama amable te han echao ojo y te han traído. No hay vuelta atrá’.”

Quizás fue la mistela, quizás fue el rostro con una expresión de horror que nunca había visto en Atilio, quizás fueron las miradas lúgubres que le echaron Vadoma y Julio cuando escucharon al viejo vociferar o como todos en la taberna, incluída la moza, adoptaron esa misma postura petrificada que ocurría en el campamento cuando mencionaban a la anciana. Quizás fue recordar el rostro de la vieja Jayah acechándole en una esquina, visión que lo asaltó repentinamente. O quizás todo eso, junto. Pero, aquella noche, le empezaron a doler todos los huesos de nuevo, sintió un frio recorrerle la espalda por lo que mientras Vadoma y Julio vomitaban en las zanjas alrededor de la taberna todo el alcohol bebido, él se apresuró a volver al campamento gitano cojeando y con gran esfuerzo. El sol ya se había escondido hace tiempo, la noche reinaba en el campo y sólo la luz de la luna y algunos faroles dispuestos en el camino lo alumbraban. Medio ebrio por el mistela y medio asustado, perdió el camino y deambuló varios minutos sin rumbo certero, por lo que terminó metido en una arboleda que no dejaba ni entrar la luz de la luna, ni los faroles. Deambulando en la oscuridad tropezó con una raíz que lo hizo caer golpeándose la frente con el suelo, sintió la sangre brotar caliente, un ardor y un dolor punzante. Insultó al viento, a la raíz y a la noche. Se levantó para alejarse con cuidado, tratando de no volver a tropezar. Pocos minutos después, a lo lejos escuchó las voces de las que creyeró eran de Bavol y Cappi. En el horizonte, detrás de algunos árboles y bastante lejos logró divisó la hoguera del campamento, y algunas sombras moviéndose alrededor. Se estaban preparando para la fiesta de aquella noche, la primera de una serie de celebraciones por el solsticio de invierno, el fuego era más alto y grande de lo normal. Salió de la arboleada dando tumbos, y para su sorpresa fue encontrarse detrás de una de las casas rodantes, con Fifika. Ambos se asustaron ante la vista inesperada del otro. La joven llevaba una camisa blanca escotada, un pañuelo de color vino tinto y una falda del mismo color, los ojos azules brillaban reflejando la luz de la luna como enormes faroles que le penetraron la mente y el corazón. Era la mujer más hermosa que jamás había visto. Fifika se acercó lentamente a él y pasó su mano suave por la herida de su frente, sintió como el ardor y dolor de la cabeza se iban, pero crecían en su entrepierna. Cada vez que ella se acercaba más a él, podía oír su respiración, sentir su aliento cálido y mentolado. También podía oler su fuerte perfume, mezcla de flores silvestres e incienso. Se le aceleraban el corazón y la respiración. Ella se acercaba más y más y él se excitaba cada vez más. De forma repentina pero gentil, sintió sus manos rodearle el cuello, poco a poco lo fue atrayendo más hacia ella, hasta sentir sus suaves pechos apretándose contra el suyo. Apresurado, con notable nerviosismo y excitación, la atrajo con fuerza hacia sí desde las caderas. La escuchó soltar un leve gemido de placer y sin aguantar más, comenzó a besarla con pasión. Bajaron juntos hasta estar de rodillas en el suelo mientras continuaban besándose. Ella se alejó con brusquedad dejándolo sorprendido y confundido, pero con habilidad y esmero, sus manos se deslizaron por su entrepierna y desabrocharon el pantalón. Se subió la falda y pasó sus piernas por encima de él, una de cada lado. Gabriel, nervioso y descontrolado entorpecía en lugar de ayudar, hasta que ella misma logró que la penetrara. Sintió la húmeda calidez de sus sexos fundirse en uno. Así, con suspiros y gemidos ahogados en medio de una noche fría de luna llena, dejaron aflorar sus pasiones más carnales, haciendo el amor sobre el césped húmedo del campo.

Al día siguiente, despertó en su litera en la casa rodante que compartía con Vadoma. Le dolían mucho los huesos, pero ahora le dolía más la cabeza, recordó entonces cuando se cayó en la arboleda. Pasó su mano por la frente pero no sintió nada, tomó un viejo espejo de una mesa antigua y se inspeccionó con detenimiento, pero tampoco encontró heridas, ni siquiera marcas o un raspón. Finalmente recordó, aunque muy vagamente, lo sucedido con Fifika, sin detalles y mucho menos, sin saber cómo llegó a su litera. Lo único que recordó, fue la figura de su amada bajo la luz de la luna y se sonrió. Pero, agobiado por los dolores y el alcohol, decidió quedarse unas horas más en la cama. Vadoma roncaba debajo de él con el rugido de un motor de tractor, pero había logrado intimar con la persona que se había enamorado, importaba poco lo molesto que eran aquellos ruidos. Finalmente, horas más tarde decidió levantarse y continuar con su rutina, le costó bajarse, se sentía cansado y la rodilla parecía que le iba a explotar de dolor. Cojeando se tropezó con el baúl abierto de Vadoma, cayendo al suelo sobre sus codos. El baúl era largo, de madera y reforzado con cerrajes de acero negro y oxidado, el sable todavía estaba guardado dentro, pero no su revolver, Vadoma nunca lo dejaba allí, siempre lo llevaba consigo, guardado a su espalda. Maldijo al gitano por su desorden, pero salió apresurado fuera de la casa. Sin ganas y con cansancio, retomó sus quehaceres diarios. Aunque no tuvo oportunidad de volver a ver a Fifika durante el día por la cantidad de trabajos que lo tocaban esos días, durante las cinco noches siguientes, casi como un pacto silencioso, él y Fifika se encontraban siempre en el mismo lugar y en el mismo momento. Gabriel recordó haberle parecido que durante aquellas noches, la luna se veía enorme, brillaba con una luz muy peculiar y fuerte, y aunque no era un experto en astronomía, le pareció extraño verla siempre llena.  Y, aunque las formas y posiciones cambiaban, el resultado siempre era el mismo, volvían a hacer el amor apasionadamente sobre el césped frío y húmedo a la luz de aquella enorme luna. Siempre al día siguiente de su encuentro amoroso, se despertaba en el mismo lugar, pero los dolores y el cansancio aumentaban. Al quinto día, ya casi no tenía fuerza para hacer los trabajos, se notaba más delgado, pálido y ojeroso. Le echaba la culpa al alcohol, antes de cada encuentro de amor con Fifika, generalmente cerca de la media noche, se la pasaba bailando, cantando y bebiendo con la familia Bavol a la vera del fogón, mientras Sounya y Jovanka cantaban alegres músicas en un lenguaje extraño. A pesar de haber convivido durante tiempo, nunca los había visto en aquel estado en el que estaban durante aquellas noches. Se movían y danzaban con cierta locura, las canciones que cantaban eran en un idioma desconocido y extraño para él, que nunca había escuchado antes, Atilio dibujaba en la tierra con su bastón un símbolo nuevo, que no había visto tampoco antes, era una especie de líneas que no se cruzaban entre sí y parecían formar dos triángulos, algunas de las puntas de las líneas tenían formas distintas, algunas parecían círculos, semi círculos, estrellas o cuadrados. Fífika solía bailar sobre ellas, saltando con sus pies sin borrar ninguna parte del dibujo.

 Bebía mucho y dormía poco, o así se excusaba consigo mismo. Al cuarto día, aunque sus fuerzas no sobraban, recordó verla por primera vez a Fifika a la luz del sol, pero esta vez, se la encontró saliendo de la casa de la vieja Jayah. Por un instante recuperó un poco las fuerzas pensando en saber más sobre la anciana, pero el interés se desvaneció mientras recorría con mirada estúpida a Fifika. Tenía la ropa algo rasgada, la falda hecha jirones en algunos lados y manchones de color marrón que pareciían de sangre seca en la camisa. Intentó acercarse para ver si había ocurrido algo, pero ella se alejó tan de prisa, que con su cansancio no llegó a alcanzarla. Además, Bavol lo interrumpió al pedirle que le ayudara con unas cosas para otra noche de fiesta. Por alguna razón, accedió sin resistencia y se olvidó del asunto de Fifika. Al quinto día, luego de otra noche de danza, sexo y alcohol, volvió a verla salir de la casa, pero nuevamente algo le interrumpió y no logró encontrarse con ella hasta la noche nuevamente. Aquella noche se percató que una de las puntas de los dibujos que hacía Atilio en suelo, siempre le apuntaban a él, y que cuando Fifika bailaba, parecía que todos entraban en algún trance ritual. Pero su cabeza le daba tantas vueltas por el cansancio y el alcohol, que apenas si se preocupaba por la escena. Durante los últimos seis días, el trato con la familia Bavol parecía distante, tan lejano como una ilusión. Ya para la sexta noche, su cuerpo se sentía apaleado y enfermizo, pero nadie parecía percatarse de eso. Era la anteúltima noche de las fiestas, por lo que Bavol y familia estaban más alegres y el alcohol fluyó con más fuerza, Fifika bailaba con una locura desatada. La noche avanzaba a paso rápido, y cuando la luna dio con su cénit aquella noche, Fifika borró los símbolos de Atilio de una pasada furiosa con sus pies descalzos. Por un momento, aunque absolutamente fuera de sí por alcohol, Gabriel pensó que todos habían desaparecido. Pero, a la hora citada, en el momento citado, se encontró de nuevo fuera del campamento junto a ella, bajo la luz de la luna. Listos para hacer lo que debían hacer. Pero esta vez fue distinto.

Al día siguiente, Gabriel abrió los ojos con un esfuerzo titánica, se sentía tan cansado y sin energías, como si estuviera enfermo. Le pareció sentirse como un enfermo volviendo de un coma. La habitación en la que se encontraba era distinta a la que compartía con Vadoma, apenas si veía algo, sentía los ojos resecos y le ardían. Oscuridad, húmedad y un hedor a pudredumbre le invadían. Tan fuerte que cuando lo sintió, se despabiló casi en un segundo cuando sintió la bilis en la boca. A punto de vomitar, contuvo las ganas, tosió ahogado y sintiendo el escoso del ácido gástrico en su garganta cayó de lo que parecía una cama vieja al suelo. De rodillas y con un golpe amortiguado por una alfombra vieja y sucia, sintió que las piernas se le partirían en mil pedazos. Veía borroso y la resequedad de sus ojos, junto a las lagañas que se le acumulaban le empeoraban la visión. Algo le decía que no estaba en la casa rodante de Vadoma. A pesar de ser un gitano vagabundo y molesto, se preocupaba mucho por la higiene y ese lugar parecía distar de todo aquello, parecía incluso, más antiguo. A lo lejos, con un eco sombrío escuchó unas pisadas, y unas sonrisas macabras que le helaron la piel. Sintió el sudor frío del miedo recorrerle la espalda. Poco a poco mientras se arrastraba sobre la alfombra comenzó a recobrar la visión. Sin fuerzas y aquejado por el dolor de sus huesos, intentaba salir de aquel lugar. Vagabundeó en círculos por la habitación, las pisadas y las risas parecían perseguirlo con un eco tortuoso. Trataba de escapar en sentido contrario de donde creían que las escuchaba venir. Eran risas y pisadas que parecían burlarse y perseguirlo para hacerlo moverse en círculos, hasta que repentinamente, chocó con una pared dura y fría. Escuchó un crujido, sintió un corte, se colocó las manos en la frente para apretar la herida y el susto fue peor. La sensación en la piel fue extraña, fría y rugosa y seca, se miró los dedos, confuso, y la sangre era espesa, de un color muy oscuro y olía a muerto. Otra vez, las risas y las pisadas lo azuzaban desde la oscuridad. “Aléjense de mí!” gritó con esfuerzo, en lugar de su voz grave y masculina, lo que se escuchó fue un leve quejido rasposo, asustado. Perplejo por todo lo que le estaba sucediendo, pensando que era una mala pesadilla, decidió mirar contra que había golpeado. Frente a él se encontró con un espejo, se había quebrado allí donde golpeó su cabeza, adornando las fisuras con una aureola negra y babosa. Sintió por un instante como si el alma se le salía del cuerpo. La imagen reflejada ante él, sin lugar a duda era la suya. Eran sus ojos, su mirada, su ropa. Pero a la vez, no era él. Frente al espejo y de rodillas, Gabriel veía la figura lamentable y horrible de un ser delgado casi hasta los huesos, el cabello blanco pajoso, los ojos hundidos en la apófisis, los dientes amarillos casi verdes y las uñas quebradizas. En shock por la imagen, intentó tocarse la uña de su dedo índice derecho, que, ante el menor tacto, se le cayó. Al desprenderse la uña cayó con lentitud sostenida por unos hilos babosos, dejando a la vista una carne viva con manchas amarillentas y llenas de pus. Quería llorar, pero sus ojos estaban tan secos que ni lágrimas podía derramar, el cuerpo le dolía horrores y las risas y los pasos empezaban a retumbar con mayor fuerza. “Aléjense de mí, por favor”, susurró con voz débil, echado sobre la alfombra en una triste posición fetal. Pasaron varios minutos hasta que los pasos y las risas se detuvieron, el dolor menguaba y las fuerzas parecían volverle a cuenta gotas. No quería morir así. Logró pararse con mucha voluntad y cojeando encorvado, trató de buscar la salida. A pocos metros detrás de él, encontró lo que parecía ser una puerta entreabierta, una luz tenue de color cálido entraba por el espacio que quedaba entre el marco. Su paso mejoraba poco a poco, pero aun así le demoró bastante llegar a la puerta, la visión se acostumbraba a la oscuridad. Con miedo y lentitud abrió la puerta, que cedió sin hacer mucho ruido. Del otro lado de la habitación, sin embargo, se encontró con una habitación vacía y a oscuras. La única luz que entraba provenía de afuera a través de una ventana que él no podía distinguir si era luz de sol o probablemente, de una hoguera o farol. Entonces, recordó a la familia gitana, seguramente era la hoguera del campamento. Por el shock de la situación que se encontraba, se había olvidado de todo eso, y le parecía algo que hubiera ocurrido hace muchos años atrás. Los recuerdos también le inundaron la mente cuando vio tallado en el suelo de madera, aquellos símbolos que recordaba haber visto dibujar a Atilio, pero no era una solo, eran cientos, uno al lado del otro. Parecía haber sido tallado por unas largas y filosas uñas. El corazón parecía volver a funcionar a ritmo muy acelerado, le dolía el pecho, respiraba con mucho esfuerzo y sentía en un estado de shock constante. Pero, junto a sus fuerzas, su mente y sus recuerdos volvían de a poco y comenzaba a pensar con mayor claridad. La noche anterior, simplemente había estado en una fiesta, y luego con su amada, ¿cómo había llegado allí? Esa parte no podía recordarla. Cada vez que lograba calmar su miedo, le volvía como un puñetazo al pensar y no poder obtener respuestas de su situación. Fue entonces, cuando ya sentía su cuerpo en mejor forma, que escuchó nuevamente las risas y los pasos. Salió de sus propios pensamientos e inspeccionó con miedo la habitación vacía. Sólo había un viejo y gran placar frente a él, en el extremo más iluminado de la habitación. Se acercó a paso lento temblando del miedo, el placar era de madera vieja y muy ornamentada, de color azul y amarillo desgastado. Ya a su alcance, estiró su delgada mano, observó que había recuperado un poco el color y el músculo, pero antes de abrirlo, escuchó como algo caminaba detrás de él, muy cerca, sentía el aliento frío que le golpeaba la nuca y como el hedor putrefacto le invadía la nariz. Temblando y entre lágrimas que volvía a tener, acumuló coraje y logró darse vuelta. Contra la ventana, con gracia y belleza sobre naturales, estaba Fifika. La luz que entraba por la ventana pintaba su esbelto y hermoso cuerpo desnudo, las caderas anchas, los pechos grandes, el cabello suelto. La piel parecía brillar, y sus ojos, cortaban las sombras como enormes faroles, pero no lo miraban a él, miraban fuera. Incrédulo, con el corazón que parecía le iba a explotar de alegría entre tanta desgracia, seguía admirando a aquella mujer, una diosa en la tierra. Nuevamente las risas y los pasos cortaron sus emociones con helada crueldad. Frente a él, en el extremo más oscuro de la habitación y desde las sombras, como si salieran por un velo invisible, aparecieron siete figuras pequeñas. Parecían niños no mayores de tres años, desnudos, y rechonchos, con la piel lisa, brillosa y gris. Las cabezas eran deformes, dos la tenían hundida sobre sus hombros y el rostro era plano, con parpados tan grandes y pesados que no dejaban ver los ojos. Decoraba aquella fealdad por una boca enorme sin dientes, con las encías verdes y babosas. Otros dos eran fisiológicamente normales, no tenían boca, y en lugar de globos oculares, un oscuro vacío. Los últimos tres, tenían el cuello largo y ancho, con un solo ojo sobre la frente y dientes enormes. Los siete avanzaban con paso tétrico y veloz, pero se detuvieron a la altura de Fifika, quien ni siquiera prestaba atención a su existencia. El miedo lo hizo retroceder hasta chocar con el placar detrás de él. El golpe y el ruido hicieron que Fifika volteara la cabeza con una velocidad sobre natural, clavándole la mirada. Las siete criaturas se detuvieron como congeladas en el tiempo. La mirada, le produjo un terror familiar. Fifika se movió con la misma tétrica cinemática que las siete criaturas ante él y al salir del haz de luz que entraba por la ventana y entrar en las sombras, su cuerpo cambió. La mujer frente a él era una criatura vieja y horrible, de ojos grises y muertos, nariz deforme en forme de gancho, manos con uñas largas. Más alta que él, encorvada, de piel gris arrugada, desnuda con los pechos le colgaban como sacos largos y arrugados. Horrible, deforme. Gabriel se quedó perplejo, sin poder reaccionar e inmóvil mientras las siete criaturas reían, pero sin moverse. Aquellas risas iban cambiado a un sonido más agudo e insoportable, que aumentaba en volumen cada segundo. Los brazos de aquella vieja criatura eran largos y huesudos, desproporcionados respecto del cuerpo. Extendió una de sus manos para agarrarlo a la altura del cuello, Gabriel quería rendirse a su destino, pero algo le decía que no lo hiciera. Le habían vuelto un poco más la fuerza a sus piernas y ya no temblaba tanto, aunque la rodilla le punzaba. Se armó de coraje y dio un salto al costado con todas sus fuerzas para alejarse. Cayó cerca de la puerta por la que había entrado. Las siete criaturas acallaron sus risas y voltearon sus cabezas hacia él con inhumana expresión. La criatura con forma de mujer chilló tan agudo y fuerte que pensó que la cabeza le explotaría. Sin esperar a ver que podía ocurrir, junto fuerzas nuevamente y echó a correr. Se había acostumbrado a la oscuridad por lo que pudo darse cuenta de que se encontraba dentro de una casa bastante grande y llena de cosas que le obstaculizaban el movimiento, tanto sobre las paredes y el suelo podía ver arañado en la madera aquellos símbolos extraños. Supuso que se encontraba en la sala principal, y había salido de una de las habitaciones y en base a la dirección de la única ventana que pudo ver, buscó la puerta de salida. Mientras corría por la sala escuchó los pasos y las risas que empezaban a moverse en la habitación. Desesperado, entre todos los trastes viejos y las paredes empezó a tantear buscando una salida. A los pocos segundos dio con un pomo frío y polvoriento, pero al mismo momento la puerta de la habitación donde estaban las criaturas se abrió de par en par y la criatura con forma de mujer anciana se encontraba parada en el umbral. La criatura abrió la boca, dejando caer su mandíbula muy abajo en inhumana expresión, los dientes afilados y amarillentos se escondieron bajo una larga y babosa lengua negra, Gabriel recordó en ese momento la vívida descripción que el viejo Atilio hacía de una criatura de sus cuentos de terror, La Madrecría. Un ser espeluznante que raptaba jóvenes para abusar sexualmente de ellos y procrear así los demonios con los que el Diablo invadiría la tierra. Las siete criaturas, a cuatro pantas, comenzaron a arrastrarse y salir de la habitación. Incluso algunas trepaban por las paredes y el techo. Horrorizado y apresurado giró el pomo, pero la puerta no cedió. Junto fuerzas y empezó a embestirla con el hombro izquierdo. Sintió como una mano fría le rozaba el cuello cuando la puerta se quebró y salió disparado por su embestida hacia el exterior de la casa. Terminó cayendo violentamente sobre la grava y el césped largo y húmedo. Adolorido y atontado por el golpe, logró levantarse dando algunos tropezones y sin mirar atrás, comenzó a correr. Pudo percatarse que aún era de noche y la luz que había visto desde la habitación provenía de la hoguera del campamento, también veía como aquella luz se reflejaba sobre las chapas y maderas de las casas rodantes, carpas y toldos del campamento gitano, todavía estaba en el mismo lugar. Corrió desesperado hacia la hoguera para encontrarse con sus amigos, pero no había señales de la familia de Bavol. Ni de Atilio, ni de Jovanka ni de Vadoma, ni si quiera de Cappi. La hoguera estaba encendida, pero las casas apagadas, y vacías. Parecían abandonadas hace ya mucho tiempo y en sus puertas, grabados con sangre seca, los símbolos. Se dirigió hacia la casa de Bavol, pero no encontró nada, las cosas parecían haber sido abandonadas hace ya mucho tiempo. La casa olía a moho y estaba llena de telaraña y polvo. Nadie habría vivido allí en muchos años. Antes de salir, se encontró con otro espejo sobre la puerta. Ya no veía la figura derruida de un ser deforme y enfermo, sino que, se veía más parecido a como era antes, el cabello aún era gris y su rostro arrugado, pero su cuerpo ya no estaba tan delgado, más bien, parecía estar volviendo a su forma original.

 Una vez fuera de la casa de Bavol, por alguna razón miró hacia el cielo. Pensó que se encontraría con la misma enorme luna llena que venía observando las noches anteriores, pero no la encontró. La oscuridad sólo retrocedía ante el enorme fuego del centro del campamento y de apoco, empezó a oscurecer más y más. Por acto reflejo, bajó la vista y se encontró que la hoguera se había apagado y sobre sus cenizas, la vieja y horrorosa figura de esa anciana demonio, o bruja, lo observaba con sus ojos muertos, sin moverse, le pareció sin lugar a dudas la famosa Madrecría. Ambos se miraron fijamente, sin reaccionar, hasta que Gabriel sintió que algo se le colgaba de la espalda. Asustado reaccionó para quitárselo de encima, sintió algo baboso y blando bajo sus dedos, pero agarrado con fuerza, la masa babosa chillaba como un cerdo. Tironeó y luchó hasta que pudo quitárselo de la espalda arrojándolo por los aires, no sin antes desgarrarse la camisa y la piel. Por el aire, volaba uno de los siete demonios pequeños, que cayó sobre una estaca de madera que usaban para sostener los toldos de las casas. La madera lo atravesó de lado a lado por la cabeza hundida sobre los hombros. La criatura no alcanzó a chillar, simplemente quedó ahí clavada, desprendiendo un putrefacto olor mientras una baba oscura y viscosa chorreaba hasta el suelo. La Madrecría frente a él volvió a chillar, y en coro se le unieron las restantes seis criaturas. Los tímpanos estaban por explotarle, pero gracias a esto pudo darse cuenta donde estaban los otros demonios. Dos estaban sobre el techo de la casa de Bavol, encima suyo. Dos más sobre la casa de Atilio, detrás de la Madrecría. Uno estaba debajo de las escaleras que subían a la casa de Vadoma a su izquierda, y el último estaba justo frente a él, a lado de su pie derecho. De nuevo y en un acto reflejo, lo pateó con renovadas fuerzas. Sintió la misma masa blanda ceder como un balón de fútbol que termino estampada contra la pared de la casa de Vadoma. El cuerpo del pequeño demonio explotó quedando pegado a la chapa como una masa de tripas podridas. Esta vez no escuchó chillar a nadie, con una velocidad sobre natural la Madrecría se apareció frente a él y con un revés de su mano lo mandó a volar hacia la casa de Vadoma, atravesando la puerta de madera que se hizo pedazos por el impacto. Aturdido por el golpe, intentó recuperarse, pero otra de los pequeños demonios se le subió en el pecho. El cuerpo era de sensación blanda, fría y babosa, las manos se le resbalaban. Era de los que tenían el cuello largo y con la boca enrome de dientes deformes y afilados. Lo invadieron un dolor y ardor insoportables cuando el cuello largo se le pegó entre su hombro izquierdo y el pecho y sintió los dientes clavarse como agujas. La criatura parecía succionarle la sangre como una enorme y deforme sanguijuela. Forcejearon largo rato hasta que pudo quitársela de encima y patearla, pero esta vez la criatura no se sintió como una masa blanda sino más bien maciza y resistente, y aunque terminó fuera de la casa y golpeo fuerte contra el piso, no murió tan fácilmente como las otras dos. La mujer demonio, no se movió esta vez, lo que le dio tiempo a recordar que Vadoma en su habitación tenía dos tesoros, el viejo Colt Python, siempre cargado y el Shashka. Sin muchas esperanzas, dado que parecía que allí probablemente no hubiera vivido ningún Vadoma, o al menos no recientemente, buscó desesperado. Para su sorpresa, encontró aquel viejo baúl de madera y hierro debajo de la litera que solían compartir. Ya se sentía más él, tenía más fuerzas. Abrió el baúl y por suerte encontró que ambas armas, revisó el revolver y tenía las seis balas, también encontró un cartucho con seis más de repuesto. Si bien estaban algo viejas y llenas de polvo, no parecía que la humedad hubiera hecho mella dentro de aquel baúl y las balas podrían servir. La adrenalina le hacía crecer un inmenso calor en el pecho que le renovaba las fuerzas. Las armas le habían dado confianza, y decidido, salió de un salto hacia el exterior. Al mismo momento que sus pies levantaban el polvo de la tierra seca, dio con su mano izquierda una fuerte tajada. El sable silbó en el aire y partió en dos a la criatura que había pateado antes. Si bien la sensación fue más maciza que las primeras dos, el sable cortó sin problemas. Las otras cuatro criaturas, se abalanzaron hacia él lanzando agudos y ensordecedores chillidos. Gabriel, con destreza y puntería, liquidó a los dos que venían desde la casa de Atilio de un disparo, las otras dos, que estaban sobre el techo de la casa de Vadoma, a una le arrancó la cabeza de cuajo en el aire, blandiendo el sable por encima de la suya y, al último demonio que ya se le había agarrado de la pierna derecha, primero le arrancó un brazo con el sable para quitárselo de encima y lo liquidó finalmente apuñalándole la cabeza entre medio de los huecos vacíos donde deberían estar los ojos. Finalmente, decidido con sable en mano y cuatro balas restantes, se decidió a enfrentar a la Madrecría, pero esta vez, la luna apareció iluminado a la mujer, dando visión nuevamente a Fifika o una joven Jayah, desnuda y triste, llorando desconsolada tendida sobre el suelo.

“¿Cómo osas matar a mis hijos? ¿A tus hijos?” le escuchó decir. “Nuestros hijos. Nacidos para comerse al mundo” continuó llorando la mujer, sus ojos tristes azules lo miraron con tal desolación, que lo perseguirían hasta el día de hoy. Con horror, y apartando la mirada, apretó el gatillo. Un fuerte chispazo y la bala perforó de lado a lado a la mujer, el cuerpo cayó fuera de la luz de la luna y dejó ver nuevamente su horrible figura. La sangre negra salpicó el pasto verde y las paredes de chapa remendada de la casa de Bavol. El cuerpo de la Madrecría quedó tendido en el suelo, duro e inerte. Gabriel abrió los ojos y el sol comenzó su ascenso. Cuando los primeros rayos de la mañana bañaron el campamento, la Madrecría volvió a su forma de mujer joven, sus ojos abiertos y blancos con la frente adornada por el agujero de la bala y la sangre tibia cayendo hacia las sienes. Los siete pequeños demonios, a la luz del sol tomaron la forma de pequeños niños hermosos, cruentamente mutilados y asesinados. Esta vez no pudo contener sus entrañas, cayó de rodillas y vomitó con un fuerte llanto. Durante toda la mañana y parte de la tarde, se dedicó a revisar el campamento, pero no encontró las respuestas que esperaba respecto a lo que había experimentado y sucedido durante los que calculó fueron dos meses, que estuvo viviendo allí. En la casa de quien el conoció como Bavol, lo único que encontró fue un viejo libro sin nombre y su mochila de viaje con todas sus pertenecías prácticamente intactas, documentos, dinero, todo. Recordaba que Bavol o Atilio usaban aquel libro para leer algunas historias de terror durante las noches, tenía las hojas y la encuadernación resecas y bastante descuidadas. En la tapa, estaba grabado sobre el cuero viejo aquel mismo símbolo que adornaba el campamento. Cuando lo abrió para leerlo, no encontró nada, seiscientas hojas en blanco. Por alguna extraña razón decidió quedárselo junto al sable y el revólver de Vadoma, también fue a la carpa de Julio donde encontró en un ropero, el rifle que usaban para cazar. Ya por la tarde, enterró los cuerpos de los bebés, de la mujer y prendió fuego todo el campamento. Sin mirar atrás y mientras las llamas engullían el lugar, se fue para volver a casa. Cruzó la taberna que recordaba había visitado la noche antes de las fiestas de solsticio que ahora era apenas cuatro paredes de piedra derrumbadas y destruidas por el paso del tiempo. Un lugar abandonado hace mucho tiempo también, como todo. Desanimado y bastante agotado, continuó su camino sin volver a pensar la familia Bavol.

Ya de nuevo en Buenos Aires, después de haber plasmado los recuerdos y las pesadillas en su cuaderno de viajes, decidió darse una ducha y salir a despejarse. Se dirigió a un café en el microcentro porteño y mientras engullía una medialuna de grasa acompañada por un café negro sin azúcar, en medio de la muchedumbre que inundaba las calles porteñas, vio a lo lejos la figura de una mujer conocida, de camisa blanca suelta y larga falda de color vino tinto, con cabello negro y pañuelo, desparecer entre la multitud. Desesperado, dejó el dinero de la cuenta sobre la mesa y salió disparado en busca de aquella mujer. Empujando y entorpecido por la gente la perdió de vista, miró a todos lados de la calle, hasta que vio como la silueta desaparecía detrás de una esquina. Volvió a correr detrás de ella, persiguiéndola por las delgadas y confusas calles del microcentro, mientras el cielo se oscurecía bajo unas pesadas nubes de lluvia. Luego de una agitada persecución, se encontró con la mujer entrando a una casa de antigüedades a mitad de cuadra en una calle perdida de Barrio Norte. La lluvia caía con fuerza, debajo de su piloto gris, Gabriel apretaba con fuerza la empuñadura de un revolver. Se acerco con disimulo y entró en la casa de antigüedades. Era una casa antigua, de la época colonial, acondicionada para negocio. Abarrotado de cosas viejas y polvorientas, adornada con algunas lámparas viejas de luz cálida y tenue, tratando de esquivar objetos para no hacer ruido ni romper nada, se acercó al mostrador. Una larga barra de mármol negro bien lustrado, detrás, estanterías con más antigüedades. Jarrones, pavas, planchas de carbón, estufas de queroseno, sifones de soda de vidrio, jarras y vasos de chapa, lámparas viejas, etc. Se escuchaba el golpeteo de la lluvia en los techos de chapa y en la calle. Gabriel observó con detenimiento, hasta que desde las sombras se asomó la figura de un hombre alto, cabellos rizados y grises, con un pendiente de oro enchapado en su oreja izquierda, manos nudosas con variados anillos y alhajas. Llevaba una camisa gris vieja, un saco marrón y un jean moderno. Los ojos azules lo inspeccionaban detrás de unos lentes de marco grueso negro, -Buenas tardes mi estimado, mi nombre es Ricardo Bavol, soy el dueño de este negocio ¿en qué puedo ayudarlo?